Pensar en España, desde fuera

Emilio Lamo de Espinosa

Director del Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos




Con motivo de la puesta de largo de la nueva FAES, el presidente Aznar nos invitaba a pensar España y a hacerlo desde el centro. Este segundo consejo puede ser innecesario pues cada cuatro años los ciudadanos obligan a los políticos a hacer ese ejercicio si quieren ganar las elecciones; quien ocupa el centro, gana. Yo propongo hacer otro ejercicio que, lamentablemente, no gana elecciones: pensar España, no desde el centro sino desde lo excéntrico, desde fuera. Pensar España desde el mundo.

Desde la terrible devastación de la invasión napoleónica hace ahora dos siglos, España se centró en sí misma, incapaz de solventar sus problemas y, singularmente, su ajuste con la modernidad. Sólo hoy, al superar aquella terrible herida, hemos sido conscientes de su profundidad. Ensimismados en nuestro no ser (no ser modernos, no tener burguesía, ni democracia, ni Estado, ni clase política, ni revolución industrial, ni ciencia), hemos consumido dos siglos mirando hacia adentro buscando la solución de nuestros problemas históricos.

Por fortuna todo eso es ya pasado y los historiadores rehacen sus historias para contarnos otra. Y sin duda los ya 27 años de la Monarquía del Rey Juan Carlos pasarán a la historia de España como las mejores décadas jamás vividas por este país. Nunca los españoles disfrutaron de tan alto nivel de libertad y prosperidad durante tanto tiempo, solo interrumpidos, esporádicamente, por la barbarie de ETA. En más de una ocasión he escrito que España, por fin, había dejado de ser diferente, un alivio para quienes nos criamos acomplejados por nuestra insondable decadencia. Hace décadas que España no decae sino que progresa.

Y no son pocos quienes ven en esta historia reciente un ejemplo o modelo que imitar; tanto que ya no exportamos palabras como guerrilla o fiesta sino otras como consenso, transición o pactos de la Moncloa. Podemos estar orgullosos de ello siempre que ese justificado orgullo no nos ciegue el futuro. Pues satisfechos como estamos del camino recorrido debemos dejar de mirar el pasado si queremos, no ya continuar progresando, sino conservar lo conseguido.

Pues bien, el tema es que mirar al futuro es mirar afuera, a la posición de España en el mundo. Y sin embargo seguimos viéndonos desde dentro, mirándonos en el espejo fascinados con nuestra realidad inmediata pero olvidando nuestra verdadera realidad. Cuando leemos la prensa y, sobre todo, vemos los telediarios, cada día más lamentables, nos damos cuenta de la poca importancia que prestamos a nuestro entorno internacional. Incluso los intelectuales, pensadores y ensayistas, piensan España casi siempre desde dentro. A lo que contribuye, en no poco, el que las ciencias sociales (en las que muchos nos hemos formado), con escasísimas excepciones, han hecho de la sociedad estatalmente organizada su unidad privilegiada de análisis.

Todo modo de ver es un modo de no ver y esa fascinación con lo interno, con el Estado como unidad, es hoy parte del problema y no de la solución que, de una parte, magnifica lo trivial y, de otra, banaliza lo importante, engrandece lo local pero achica lo universal, y no permite comprender (citemos al Ortega más banal) ni al yo ni a su circunstancia. Pues hace ya al menos una década que dejó de ser posible entender el mundo a través de los seis libros de La República de Bodino y la globalización es nuestra verdadera realidad social. Nuestra casa es la totalidad del mundo, no la vieja piel de toro ibérica.

Si lanzamos una ojeada al mundo, lo que encontramos es, efectivamente, una colección de poco menos de 200 países que se distribuyen el territorio y compiten entre ellos en los más variados escenarios. Como en un gigantesco desfile de belleza, todos esos países son evaluados a diario en «rankings» que abarcan desde el PIB a la producción de películas, pasando por todo tipo de indicadores y estimaciones. E inversores, emigrantes, estudiantes, o consumidores (de naranjas o películas, es lo mismo) eligen de entre los anaqueles de ese supermercado lo que más les interesa. De modo que, cuanto más éxito tiene la fórmula estatal (cuanto más Estados hay), menos relevante resulta cada uno de esos estados y más la relación que mantienen entre sí.

Esa es la globalización, la principal consecuencia del modelo de sociedad abierta, ya irrenunciable, que refuerza el Estado pero hace añicos la soberanía real. El precio de la almendra de levante depende de la cosecha californiana, nuestro bienestar depende del petróleo de Arabia Saudí, y nuestra libertad se juega en Bruselas (en la UE), Washington (en la Casa Blanca) o en Nueva York (en Naciones Unidas o el FMI), más que en Madrid. Quien no entienda eso no entiende nada del mundo moderno.

Podemos tirar mano de argumentos historicistas y pensar que, aunque todos somos igualmente Estados, unos lo somos más que otros; unos son importantes y otros no. Lo que es cierto, siempre que aceptemos humildemente nuestra condición. Pues España es sólo un país más de esos que desfilan por las pasarelas del mundo. Potencia, como sabemos, sólo hay una. Y aunque nos guste considerarnos potencia «media» (lo que no deja de ser una contradicción), lo cierto es que estas lo son, bien por su fuerza (como el Reino Unido o Francia), su riqueza (como Alemania o Japón), su tamaño (como Rusia, China o la India) o su relevancia estratégica (como Arabia Saudí o Turquía). Nosotros no tenemos nada de todo eso y no somos fuertes, de modo que, como siempre les ocurre a los débiles, no podemos no ser inteligentes. Los fuertes pueden equivocarse, al menos una vez; los débiles, como nosotros, no pueden.

La necesidad de pensar España desde el mundo, y no desde Madrid o Barcelona, nos coloca así en una posición semejante a la de no pocos nacionalistas. Pues si de algo adolecen esos nacionalismos (vasco, catalán o lo que sea) es de ver a sus comunidades desde dentro, como una realidad ya hecha para siempre, olvidando (o rechazando) que no son sino pueblo entre pueblos, sometidos todos al tejer de la historia. Si los españoles no aprendemos a pensar a España desde fuera, acabaremos cayendo (estamos ya) en el mismo provincialismo que con claridad detectamos en otros. Pues nuestro futuro no se juega sólo en Andalucía, Cataluña o Castilla. Se juega en Europa y en los países de la ampliación, en América Latina y la estabilidad de sus democracias y economías, en los países emergentes de Asia, en el subdesarrollo del Magreb. Pues ni nuestra política está cerrada sobre esta tierra, ni lo está la economía, la sociedad o la cultura. El futuro de España, por paradójico que pueda parecer, está fuera de España. Ese es nuestro ser una vez superado el no ser histórico; nuestra nueva frontera.

ABC, 24 de Noviembre de 2002

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