El sistema de mercado

Charles L. Lindblom

Alianza Editorial, 2002


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La expansión del sistema de mercado

Los cambios sociales de escala masiva con los que el siglo XX ha dado paso al XXI han escrito por sí solos el prefacio de este libro. A ellos se debe que buena parte del mundo haya empezado una inesperada transformación.

Al menos durante ciento cincuenta años, muchas sociedades se han visto atrapadas en un malhumorado debate acerca de los sistemas de mercado. Hoy tenemos la oportunidad de pensar en esos sistemas de una forma más clara y desapasionada, lo cual se debe a que los ideólogos del mercado se han dado cuenta de que hay poco que temer del comunismo, por lo que, consecuentemente, pueden permitirse abandonar sus barricadas ideológicas y hablar seriamente del mercado y sus problemas. Por otra parte, los ideólogos socialistas se han dado cuenta de que aspirar a una sociedad mejor no es suficiente: han de enfrentarse a las complejidades de construirla. Ahora bien, incluso con esos datos a favor, no será fácil debatir coherentemente sobre el mercado … Por ello, uno no encuentra un amplio intercambio intelectual acerca del sistema de mercado entre los economistas, quienes en su mayoría lo admiran, y aquellos otros académicos de campos como la historia, la literatura y la filosofía que, como el filósofo y sociólogo Jürgen Habermas, enjuician con dureza las consecuencias de un sistema de mercado para valores como la libertad, la racionalidad y la moralidad.

¿Qué es un sistema de mercado?
En primer lugar, necesitamos trazar una distinción entre sistema de mercado y mercado. Si bien no todas las sociedades adoptan o contienen un sistema de mercado, todas las sociedades existentes hacen uso de los mercados. Paseando por una calle ya fuera en la China maoísta o en la Unión Soviética, cualquier distraído visitante habría visto mercados de bienes de consumo y de servicios como los de peluquería o de reparación de bicicletas. Y es que, efectivamente, dondequiera que la gente paga de modo usual a otra gente para que haga algo —sea cantar una canción o cavar para extraer carbón— esos intercambios constituyen mercados.

Y sin embargo, pese a lo común de esos intercambios en la China maoísta o en la Unión Soviética, de ninguna de esas sociedades podía decirse que fuesen sistemas de mercado, puesto que un sistema de mercado existe solamente cuando los mercados proliferan y se interrelacionan unos con otros de una forma muy particular. El sistema de mercado organiza y coordina las actividades humanas no a través de la planificación estatal sino mediante las interacciones mutuas de los compradores y vendedores.

No basta que la gente compre y venda para que exista un sistema de mercado, se requiere asimismo que sean sus compras y ventas las que coordinen la sociedad y no una autoridad central. Y esto nos permite dar una definición del sistema de mercado suficientemente útil para nuestros propósitos inmediatos: un sistema de mercado es un sistema de coordinación de las actividades humanas a escala de toda una sociedad que procede no mediante un sistema de órdenes centralizadas sino vía las interacciones mutuas en forma de transacciones.

Tres son los tipos de mercados más habituales: los mercados de trabajo, los mercados agrícolas, y los mercados para los bienes y servicios que la industria ofrece a los consumidores. Pero para que un sistema de mercado funcione son necesarios dos tipos de mercado menos evidentes. Son, por un lado, los mercados de bienes y servicios intermedios producidos para el uso de otros productores; y por otro, los mercados de capital, y específicamente, los mercados de préstamos, acciones y otros tipos de activos de inversión. En estos dos tipos de mercados, los participantes ya no son gente común y corriente sino empresarios, empresas o instituciones financieras.

Las dimensiones del sistema de mercado
El sistema de mercado es, al igual que el Estado, un método para controlar y coordinar el comportamiento de la gente … Cuando un centenar de trabajadores aparecen en la puerta de una fábrica cada mañana a las 8 de modo enteramente previsible, su aparición no está ordenada por el Estado. Si están allí es porque la promesa de unos pagos monetarios los controla y coordina.

¿Puede ser cierto que el desorden aparente de las actividades de compraventa sea realmente capaz de lograr algo tan profundo y complicado como el control y la coordinación de toda una sociedad? Cualquiera puede percatarse de que el Estado consigue cierta coordinación de una sociedad a escala nacional, pero es mucho más difícil ver como el sistema de mercado hace lo mismo, como en efecto lo hace, tanto a nivel nacional como a escala internacional.

En los sistemas de mercado los individuos no siguen sus propios y particulares caminos, sino que se encuentran ligados mutuamente en la persecución de sus objetivos a través de sus interacciones en los mercados. Si realmente les hubiese sido permitido hacer lo que les viniese en gana no habrían conseguido las prodigiosas hazañas productivas que caracterizan a los sistemas de mercado. El que los participantes en los mercados se vean a sí mismos haciendo elecciones libres y voluntarias no niega en absoluto que estén controlados por los procesos de compra y venta.

El sistema de mercado de nuestros días no es el laissez-faire de Adam Smith ni tampoco un sistema de mercado ligado a un Estado mínimo. Hoy, el sistema de mercado es un sistema dirigido en el que el Estado es el comprador más importante. De todos los agentes es el que tiene la lista de la compra más larga, incluyendo en ella al ejército, las obras públicas y los servicios de policía y de los funcionarios. También es un oferente a gran escala, aunque muchos servicios —por ejemplo, la educación elemental— no los venda sino que los "proporciona" así sin más, de modo que en vez de dejar que las fuerzas de la oferta y la demanda fijen los precios, a menudo lo hace él mismo, manteniendo por ejemplo los precios de los productos agrarios altos para ayudar a los campesinos o, por contra, bajando esos mismos precios para combatir el malestar social entre los pobres de las ciudades.

De una forma u otra, el Estado subvenciona la mayoría de las industrias … Recoge ingentes fondos para repartirlos a través de los programas de bienestar social. Y, finalmente, es un poderoso y activo agente en la oferta de dinero y crédito vía el control que ejerce sobre el sistema bancario y su propia política fiscal. Algunas de estas actividades estatales son necesarias para que un sistema de mercado florezca, otras son menos valiosas, y las hay que son un entero derroche. Hay algunas que no son otra cosa que rapiñas de los caudales públicos. Sea como sea la evaluación que se haga de ellas, son sin duda parte de la historia de cómo funciona un sistema de mercado.

Si bien el debate acerca del sistema de mercado es interminable, vamos a establecer algunos hechos clave sobre él. Así, demostraremos que puede coordinar el comportamiento o las actividades humanas en unos ámbitos y con una precisión sin parangón en ningún otro sistema, institución o proceso social. Pero es asimismo un coordinador rudo y, a menudo, cruel. Es a la vez un aliado y un enemigo de la libertad personal; lo primero porque amplía el ámbito de elección de cada participante en él, y lo segundo, porque elimina algunas de las principales opciones por las que unos individuos libres podrían optar. Ha eliminado muchas y enormes desigualdades históricas pero luego ha introducido otras de su propia cosecha. Consigue unos niveles de eficiencia extraordinarios ya que permite a quienes en él participen hacer elecciones precisas y bien calculadas, pero es por otro lado notoriamente ineficiente a causa de las opciones que ha eliminado. Ha sostenido históricamente el sistema democrático, y así no hay estados democráticos que no sean sociedades de mercado, pero sin embargo ha saboteado un buen número de características ostensiblemente democráticas de esos mismos estados.

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La coordinación de la sociedad

Un sistema de coordinación ha de cumplir dos funciones: la primera consiste en limitar los daños y perjuicios que, en su ausencia, los individuos de infligirían entre sí. Ello requiere reprimir la violencia, el robo y las interferencias de quien sea en los movimientos de los demás. La segunda finalidad es más ambiciosa y consiste en organizar el toma y daca de la asistencia mutua. Sucede que casi todo el mundo ayuda a alguien a la vez que todo el mundo recibe ayuda de otros, si bien no necesariamente de la misma gente a quien haya prestado ayuda. Si se quiere puede llamarse a esta segunda función cooperación más que coordinación … Cuando no se dispone de la suficiente cantidad de algo deseado, la coordinación se hace difícil y mucho más necesaria.

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La coordinación del sistema de mercado

El sistema de mercado es un coordinador a gran escala que utiliza el mecanismo de los ajustes mutuos. Está especialmente adaptado para encarar las dificultades que presenta la escasez a los procesos de coordinación … Para que el sistema de mercado haya llegado a ser el gigantesco coordinador que hoy es, la esclavitud tuvo que dejar paso al trabajo asalariado, las estáticas relaciones feudales que ligaban al trabajador a la tierra tuvieron que ser reemplazadas por transacciones en los mercados de trabajo y de tierra, y en las ciudades tuvo que acabarse con el control social por parte de los gremios para permitir la libre compraventa.

La afirmación de que el sistema de mercado articula la cooperación social seguro que se les hará difícil a aquellos que siempre han identificado el mercado con la competición entre quienes en él participan, incluyendo aquella del tipo más brutal. Y, ciertamente, los sistemas de mercado incluyen muchos escenarios donde reina la competencia, pero cada participante en el sistema de mercado se relaciona cooperativamente con millones de individuos en tanto que compite relativamente con sólo unos pocos.

El mercado, en estos tiempos, se ha convertido en el coordinador de las actividades cooperativas de un mínimo de dos mil millones de personas. Ningún otro método de cooperación social lo iguala tanto en amplitud como en detalle … Además, en tanto que hay un sistema de mercado global no existe un Estado mundial. Y, aun dentro de cada país concreto, el sistema de mercado es capaz de organizar la cooperación a un nivel de detalle, asignando papeles muy precisamente definidos a millones de individuos, como pocos estados o gobiernos han intentado siquiera alguna vez; y en los casos en que lo han hecho, siempre han fracasado.

Toda la coordinación descrita requiere, no obstante, una buena dosis de ayuda por parte del Estado. El Estado establece el marco de libertades, el sistema de derechos de propiedad y el respaldo del cumplimiento de las obligaciones contractuales, todos ellos elementos sin los que las gentes no pueden comprar y vender … Construye puertos, canales, carreteras y ferrocarriles, mantiene un sistema monetario, lo que le lleva a tener que regular a los bancos y el proceso de concesión de créditos.

La perspectiva de las ventas puede ser suficiente incentivo como para estimular las actividades de mercado, pero ningún sistema de mercado puede sobrevivir sin la ayuda estatal. Y los gobiernos ofrecen ayuda no sólo para mantener en marcha el sistema de mercado sino para estimular el crecimiento. Si el sistema de mercado es como un baile, el Estado pone la sala y la orquesta. Los estados están en alerta constante para atender al sistema de mercado, como puede observarse en los frecuentes cambios que en cualquier país se instrumentan para enfrentarse con las nuevas y eternamente mudables situaciones socioeconómicas.

¿Es equiparable la contribución del mercado a la consecución de un orden social pacífico, combatiendo los daños y perjuicios que las gentes se infligen entre sí, a la cooperación que logra?
No se trata simplemente de que el mercado florezca en las sociedades pacíficas; es algo más: ayuda a hacer pacíficas a las sociedades que lo utilizan como mecanismo coordinador. Se trata de una idea que Montesquieu captó en su concepto del doux commerce hace ya casi trescientos años. Y, de nuevo, la precaución ya mencionada: el sistema de mercado hace a las sociedades más pacíficas, pero eso no es necesariamente ni eficiente ni equitativo o ni siquiera humano.

La economía convencional contempla todo esto desde un ángulo diferente. Nos cuenta que la escasez plantea un problema de eficiencia. Si no hay de todo para todos, entonces la sociedad debe encontrar algún método que pondere las posibles alternativas … Pero ahora, en lo que me estoy fijando es que existe un problema más fundamental creado por la escasez: el de la violencia potencial. El primer requerimiento que plantea la escasez no es el de la elección eficiente, sino el de encontrar un método para resolver las reclamaciones conflictivas que los distintos individuos plantean respecto a unos bienes y servicios que son escasos de modo que la gente no se agreda y mate por conseguirlos. El sistema de mercado es un método de este tipo. Las alternativas, pues, a veces se presentan de forma muy nítida: o se consigue lo que se quiere quitándoselo a otro o se consigue mediante un quid pro quo, ofreciendo algo a cambio que sea aceptado. La primera es una fórmula para la violencia, la segunda para la paz.

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El armazón subyacente

El sistema de mercado no es un lugar o una cosa, ni siquiera un conjunto de cosas. Es un conjunto de actividades de un tipo distinto. Un sistema de mercado necesita de ciertos usos y reglas, de forma que, si son respetados, existirá un sistema de mercado. Esas normas constituyen el armazón subyacente o esqueleto del sistema de mercado … Empecemos, pues, desde el principio, construyendo este armazón una pieza tras de otra y en su debido orden.

  1. El derecho y la costumbre garantizan a quienes participan en el sistema de mercado un amplio control (si bien no en igual medida para todos) respecto a cómo disponer de su propio tiempo y de sus fuerzas y capacidades —en otras palabras, garantizan su libertad legal— en la persecución de las aspiraciones o pretensiones de cualquier tipo que cada uno tenga … Sin ella, como les sucedía a los campesinos bajo el peso de las obligaciones feudales, el sistema de mercado es imposible.

  2. Al amplio derecho de control sobre el propio tiempo y capacidad, se añade un conjunto paralelo de amplios derechos sobre el control de las cosas que se estiman útiles. Se los conoce usualmente como derechos sobre la propiedad, es decir, las leyes y costumbres que establecen y aseguran la distribución de los derechos a utilizar los bienes (incluyendo entre ellos la tierra), ofrecérselos a otros o negárselos, que las gentes encuentran útiles en sus intentos de realizar sus aspiraciones … Junto con la libertad, es lo que permite poner en marcha el sistema de ajustes mutuos de los comportamientos en la medida que las gentes usan de su libertad y de sus posesiones para perseguir la realización de sus aspiraciones.

  3. Quid pro quo, el toma y daca, es la tercera norma o costumbre necesaria para un sistema de mercado … Esta regla hace patente de modo inmediato las posibilidades de cooperación, de una cooperación pacífica. Mediante ella no se puede ni amenazar ni robar ni pedir al Estado que use de sus poderes para llevar u obligar a otro a la cooperación.

Estos tres conjuntos de reglas o costumbres permiten que se desenvuelva un amplio proceso de ajustes mutuos en los comportamientos en el que cada participante explora las innumerables posibilidades de beneficio que tienen tanto él como los demás; por consiguiente, innumerables oportunidades para la cooperación y la reducción del conflicto … Sin embargo, ateniéndose a lo que estipulan nuestras tres reglas, uno se ve limitado al trueque que requiere que se produzca una doble coincidencia … El primer paso hacia una solución de las dificultades que plantea la doble coincidencia a la coordinación es una cuarta regla o costumbre.

  1. Hay algunos objetos de valor que tienen la característica de que a todo el mundo le complace el tenerlos. Ya se trate de conchas marinas, oro o certificados en papel, son dinero. Con el dinero, las coincidencias necesarias para un intercambio pasan de ser dos a una, pues la segunda coincidencia deja de ser necesaria. Aunque todavía se tenga que encontrar a alguien que pueda ofrecer lo que uno quiere, ahora ya no se tiene que encontrar a alguien que quiera precisamente el servicio o la cosa concreta que uno puede ofrecer en un intercambio, puesto que en éste ya no se ofrece un objeto o servicio determinado sino unidades de un objeto universalmente deseado.

  2. Con el uso del dinero se produce un desplazamiento de las actividades de los participantes desde las dedicadas o centradas en el hogar o la economía doméstica hacia aquellas dirigidas a la producción de objetos y servicios para la venta. El desplazamiento hacia la producción para la venta elimina ahora la necesidad de que ocurra la primera coincidencia, aquella que exige que cada persona encuentre a otros que tengan exactamente lo que él o ella está dispuesto a comprar. Y, ¿puede encontrar fácilmente a esos otros? Pues sí, ya que, dirigidas como ahora lo están las actividades personales hacia la venta, la sociedad está llena de gente motivada a anticipar y satisfacer los deseos de cualquiera ofreciendo la diversidad de cosas y servicios que ese cualquiera esté dispuesto a comprar. El sistema de mercado no es un gigantesco rastro permanente; y, realmente, si se mira bien, no es adecuado caracterizarlo como un sistema de intercambios. Las relaciones de mercado determinan qué es lo que ha de hacerse y luego intercambiarse.

  3. La búsqueda de oportunidades de venta da origen a los intermediarios. Los vendedores encuentran oportunidades de vender objetos y servicios no sólo a la gente que los quiere directamente sino también a otros que se dedican a vender.

  4. Algunos participantes llegan a especializarse en papeles de intermediación, especialmente en la creación de nuevas ligaduras de intermediación y en la organización de combinaciones de trabajo, tierra y capital ya con fines de realizar una actividad de intermediación, ya para producir bienes y servicios finales. Dicho en forma menos precisa y más coloquial, algunos participantes crean empresas y por ello son llamados empresarios. No es la gente corriente sino los empresarios quienes participan más frecuentemente en los sistemas de mercado. Convierten en su profesión las actividades que movilizan y transforman el trabajo y otros inputs en los bienes y servicios que son demandados.

  5. Muchos empresarios operan a una escala tal que llega a transformar su rol. Así ocurre cuando crean unas colectividades que puedan hacer lo que los empresarios individuales no pueden. La forma de hacerlo es aumentar su poder de compra creando corporaciones que piden préstamos y ofrecen a cambio un interés o unos dividendos.

Éstas son, pues, las piezas del armazón que sostiene al sistema de mercado: la libertad, la propiedad, el toma y daca, el dinero, la actividad dirigida a la venta, los intermediarios, los empresarios y las grandes empresas o sociedades anónimas. Y, una vez más hay que recordar que el baile del mercado espera del Estado que ponga la sala y la orquesta.

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La gran empresa

Los empresarios y las grandes empresas que se constituyen como sociedades anónimas son, de modo característico, los decisores inmediatos o, como los denominaré, los decisores próximos o directos respecto a asuntos como los del tipo y nivel de cooperación que va a realizarse y a través de qué medios … De igual forma que las empresas son los participantes que más frecuentan el sistema de mercado también son, exceptuando algunos gobiernos, los más grandes … Si se consideran las cien organizaciones más grandes del mundo, sólo la mitad son estados, la otra mitad son grandes empresas societarias.

Las grandes empresas no sólo controlan de una manera inmediata el flujo de los bienes y servicios que una sociedad quiere sino también grandes acumulaciones de los factores que permiten producirlos: tierras, capitales y fuerza de trabajo. Leyes y costumbres permiten a las compañías adquirir ingentes fondos con los que comprar o alquilar estos recursos. Ya sea mediante préstamos de los bancos, la emisión de bonos y acciones u otros tipos de crédito, las grandes compañías por acciones controlan enormes agregados de capital a los que no podrían acceder directamente usando sólo sus riquezas e ingresos.

Un grupo clave, formado por los elementos motores y de agitación de las sociedades de mercado, lo constituyen los directivos de todas las empresas, salvo las más pequeñas, en la medida en que constituyen el grupo de decisores inmediatos. Sus servicios a la sociedad son patentes, importantes e indispensables; pero, sin embargo, y debido a sus grandes poderes, también son preocupantes. En ese sentido, son como los funcionarios del Estado … Siguiendo unos precedentes respetables, llamaré a los miembros de ambos grupos elites, en contraste con el común de las gentes, al que llamaré masa o masas.

De modo bastante significativo, ambas elites profesan hostilidad hacia el control que ejercen las masas … La hostilidad de las elites del mercado hacia las masas se dirige, sin embargo, mucho más hacia los empleados que hacia los clientes. El registro histórico muestra una resistencia enconada, dura y a veces sangrienta de los empresarios frente a las demandas de los empleados de unas mejores pagas y condiciones de trabajo, de protección frente a la autoridad arbitraria de los directivos y —a veces— de participación del trabajo en la gestión de las empresas.

En las relaciones no con sus empleados sino con sus clientes, las elites del mercado difieren de modo significativo de las que mantienen las elites del Estado con los ciudadanos. Desde un punto de vista histórico puede afirmarse que las elites del Estado se han resistido al control electoral popular o de las masas de un modo tan exitoso que la mayor parte del mundo no ha establecido todavía gobiernos democráticos. Por contra, las elites de los mercados tienen menos motivos para oponerse al control que las masas consiguen a través de las compras en el mercado. La razón estriba en que lo que las elites del mercado sacan como beneficio del sistema de mercado depende en gran medida de proporcionarles a los compradores, en vez de denegarles, lo que quieran.

Los investigadores en historia empresarial están muy divididos respecto a la importancia relativa de los factores que explican el crecimiento de las grandes empresas por acciones. Los debates alcanzan especial intensidad entre aquellos que encuentran en la eficiencia la causa dominante y aquellos otros que la ven en el crecimiento debido al poder monopolístico unido a la influencia política. Sea lo que sea lo que uno opine en este asunto, las empresas crecen, por lo que, internamente, necesitan una gestión que va más allá de la que el sistema de mercado puede proporcionar. El mundo de las grandes empresas se puede describir como un mundo de sistemas planificados que se coordinan unos con otros no mediante un plan sino a través del sistema de mercado.

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El ámbito máximo del sistema de mercado

Los críticos del sistema de mercado a menudo afirman que éste posibilita a quienes en él participan perseguir solamente fines individuales, no proyectos colectivos … Para algunos proyectos colectivos siempre habrá quienes se opongan o no quieran pagar, por lo que tales tareas requieren que los poderes del Estado impongan la cooperación necesaria. Pero no todos los proyectos colectivos exigen compulsión, por lo que el mercado no estará limitado sólo al logro de los objetivos de tipo individualista. Las sociedades persiguen muchos objetivos colectivos tales como el crecimiento económico o tasas más altas de alfabetización usando del sistema de mercado.

En años recientes, el objetivo de una superior cualificación de las competencias ocupacionales de los trabajadores ha sido declarado objetivo nacional urgente para cualquier país que quiera competir internacionalmente. Sin embargo, a menudo se hace más para conseguir una mayor cualificación recurriendo al mercado, específicamente vía la formación en el trabajo, que mediante programas estatales. Algunos de los logros colectivos más importantes de las sociedades occidentales han sido conseguidos de esta forma como, por ejemplo, unos niveles de vida más elevados. Y quizás, incluso la libertad, un indudable gran objetivo de tipo colectivo, sea más un resultado inesperado de los intercambios mercantiles que fruto de su persecución deliberada.

En pocas palabras, lo que es decisivo a la hora de ver si el sistema de mercado puede o no realizar un proyecto colectivo no es que sea colectivo o no, sino si su instrumentación requiere o no compulsión. De modo que nos quedamos con nuestros tres requerimientos para admitir un objeto o una actividad dentro del sistema de mercado: deben estar sujetos a control voluntario o discrecional, deben ser escasos y su producción o ejecución debe ser voluntaria respondiendo al ofrecimiento de contrapartidas a cambio. Dentro de estos límites, el ámbito máximo que puede alcanzar el sistema de mercado sigue siendo enorme.

Supongamos que el Estado, en vez de ordenar a sus ciudadanos que sus bienes y servicios estén disponibles para construir una nueva carretera, los compra, alquila o renta de unos ciudadanos dispuestos a hacerlo … En el mundo real, el Estado es un comprador habitual y no sólo un jefe para sus ciudadanos. Una gran parte de la actividad del Estado es actividad de mercado, y esas compras y ventas logran grandes prodigios de coordinación que no podrían conseguirse si únicamente fuesen individuos quienes comprasen y vendiesen. Desde esta perspectiva, el Estado no es un rival del sistema de mercado sino que, por el contrario, expande en gran medida su ámbito de influencia.

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Elección del ámbito del sistema de mercado

La mayoría comprendemos bien que el Estado, la familia, la empresa y los variadísimos arreglos de la sociedad civil son necesarios. Pese a ello, en algunas sociedades —y destacadamente en los Estados Unidos— se escucha que el mejor Estado es el que gobierna menos. Es una proposición con el siguiente corolario: que el sistema de mercado funciona mejor cuando su ámbito de coordinación es mayor. Pues bien, un sistema de mercado que abarcara su máximo dominio posible sería considerado inhumano por la mayoría de la gente. Y un Estado mínimo no sólo dejaría que la basura se acumulase en las calles sino que tendría que tolerar la difusión de epidemias mortales. El determinar los dominios respectivos del mercado, el Estado, la familia, las empresas y la sociedad es una seria tarea en cada sociedad, tarea de la que no se puede dar cuenta meramente conjurando dogmas como los anteriores de uso demasiado común.

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Quid pro quo

En este capítulo destacaré la que pudiera ser considerada como característica empírica central del mercado, aquella con la que se ha de contar en toda evaluación que del sistema de mercado pretenda hacerse. Se trata de la regla operativa de todo sistema de mercado y que, ya sea por la costumbre o la ley, establece que uno obtiene de su participación en él según lo que haya aportado: un quid por cada quo, un toma por cada daca.

La regla es eficiente, se proclama, porque si uno sólo puede llevarse un equivalente de lo que aporta, se esforzará por hacer una aportación todavía mayor. Razonable como suena, esta línea de defensa si bien se mira, exige demasiado. Así se tiene que en absoluto alienta —puesto que no los recompensa— muchos tipos de contribuciones o aportaciones. Paga sólo aquellas que son de mercado, no lo que los padres aportan para la crianza de los hijos, ni tampoco recompensa el preclaro liderazgo político, por mencionar sólo dos entre muchos ejemplos posibles. Como sistema de incentivos es, pues, un sistema incompleto, limitado. Distorsiona los incentivos premiando algunos tipos de actividades pero no otras, independientemente de lo grande que sea su valor.

Históricamente, la expansión del Estado del bienestar con el característico aflojamiento del lazo del toma y daca que lo define no parece haber reducido los incentivos al trabajo; sino que, probablemente más bien los ha estimulado; una probabilidad incrementada por la contribución del Estado del bienestar a la salud y la educación. Los estudios muestran que los países con impuestos altos, que reducen la renta de los contribuyentes para financiar las prestaciones sociales, y reducen por consiguiente la severidad del quid pro quo, no se quedan detrás en cuanto al crecimiento de la productividad y de la acumulación de capital. No hay correlación pues entre la estricta sujeción al toma y daca y una producción elevada.

A este respecto, es perfectamente posible que los incentivos se viesen fortalecidos si una sociedad siguiese esa regla solamente para adjudicar derechos adicionales a participaciones en el output producido cooperativamente en la sociedad. Esa sociedad podría garantizar de modo directo un mínimo de renta, un suelo, a todo el mundo por cuanto todo el mundo está igualmente cualificado como ser humano y miembro de la sociedad al derecho a ese mínimo. Y, entonces, sólo por encima de ese mínimo, las demandas adicionales serían asignadas por el toma y daca del mercado. El Estado del bienestar ha estado moviéndose en esa dirección: asignando las prestaciones básicas mediante mecanismos de elección pública, y dejando que los individuos consigan las rentas adicionales que tengan mediante el uso de los mecanismos del mercado.

En muchos países, se ha dado un lento movimiento histórico por el que han ido remitiendo las extremadas desigualdades de antaño; tal movimiento parece responder a dos fenómenos interrelacionados: por una lado, una tradición ética que, en Occidente, la conformaría la tradición grecojudeocristiana; y, por otro, el sistema político democrático. Y, por descontado, este movimiento en favor de una mayor igualdad topa siempre con la obstinada resistencia de aquellos que temen perder sus grandes cuotas en la distribución de la renta y la riqueza.

Se puede restar importancia a la desigualdad de mercado como un mal menor acudiendo a la aún mayor desigualdad que revela la historia de los sistemas que no son de mercado, o a que los sistemas comunistas, pese a toda su ideología de igualdad, siguen siendo en la práctica ejemplos de la más severa desigualdad. Pero todo ello no niega la magnitud de la desigualdad que surge del mercado, como tampoco la imposibilidad de una igualdad completa o exacta justifica una desigualdad como la que se sigue de la regla del quid pro quo.

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Requisitos para un sistema de coordinación eficiente

Por las leyes de la termodinámica, el input y el output son siempre iguales. En ese sentido, todas las transformaciones físicas son, por lo tanto, eficientemente iguales, todas son eficientes al cien por cien. La energía eléctrica que entra en una fábrica sale de ella no sólo bajo la forma de la producción que se deseaba hacer sino también como calor difundido en la atmósfera y como productos de desecho … No es necesariamente ineficiente que se use una tonelada de algún factor o input para producir un kilo de producto. Ello dependerá de qué valores tengan ese kilo y esa tonelada. Las propiedades físicas de los bienes y servicios nada nos dicen acerca de la eficiencia; no hay forma de inferir una elección eficiente a partir de estas propiedades. En suma, ninguna serie de decisiones de elección puede llamarse correcta, adecuada o eficiente excepto si se hace referencia a cómo han sido valoradas.

Supongamos que, ya sea mediante mercados o mediante la decisión de una autoridad central, una sociedad asigna inputs que tienen valor —trabajo, componentes, maquinaria y otros— a la producción de botas de goma. La producción será ineficiente si los trabajadores no trabajan lo suficientemente duro o si no están bien organizados. Pero si la producción puede expandirse vía incentivos o mediante una mejor organización —una mayor cantidad del valioso output se deriva de la misma cantidad de valiosos inputs— se ve que habría una ganancia clara en la eficiencia. Llamaremos a este tipo de eficiencia, eficiencia tecnológica … Pero la sociedad podría estar produciendo el output incorrecto, es decir, productos que no son valorados o que no son muy valorados … La elección eficiente de los outputs e inputs es, para cualquier sociedad, un reto grande y difícil … Llamaremos a este tipo de eficiencia, eficiencia asignativa.

A través de las decisiones de elección que han hecho en los mercados, las sociedades ricas han desplazado sus energías de la agricultura y la industria pesada a los servicios financieros, los seguros y el turismo. Y sin duda que sus asignaciones seguirán cambiando en el futuro … Los empresarios, por su parte, hacen elecciones sin fin entre trabajo y maquinaria en la configuración de los procesos de producción, así como toman decisiones del tipo de trasladar las inversiones de capital de Oslo a Corea del Sur. Los procesos de asignación nunca paran, aunque la mayoría de nosotros apenas seamos conscientes de ellos.

Con todo, en cualquier sociedad, estos procesos de asignación pueden funcionar bastante mal. Elecciones mal hechas pueden perjudicar a la gente mucho más de lo que puedan hacerlo ineficiencias más llamativas como la corrupción o los fallos en la eficiencia tecnológica. Decisiones asignativas mal tomadas en forma de productos equivocados, inputs equivocados y elecciones equivocadas sobre el mantenimiento y la innovación técnica llevaron a su fin a los comunismos soviético y maoísta. En la Gran Depresión de los años treinta en las sociedades occidentales, los procesos de elección asignativa fallaron de otra manera. Fracasaron en la tarea de asignar una buena parte de las capacidades humanas que estaban disponibles a alguna actividad productiva; en pocas palabras, mucha gente estaba desempleada. Hoy, el mundo puede necesitar de unos procesos de asignación eficiente menos para que su renta siga creciendo que para protegerse del declive de lo ya conseguido, pues hay que recordar que toda una generación vive de las riquezas consecuencia de los éxitos del pasado, que son vulnerables a la erosión.

El requisito clave para la eficiencia asignativa es algún método para ponderar el valor de lo que va a ser obtenido o recibido en contraprestación al coste, que es el valor de aquello a lo que se renuncia … La eficiencia exige que o bien se obtenga el máximo valor a partir de un coste dado o bien que un valor obtenido se consiga al mínimo coste. En otras palabras, la eficiencia significa tomar decisiones con el mínimo coste. Si las asignaciones han de ser eficientes para el conjunto de la sociedad, han de ponderarse los beneficios y cargas que suponen para todo el mundo. Cuando los costes de algunas decisiones asignativas no recaen sobre quienes obtienen las ventajas sino sobre otros, la comparación de beneficios y costes resulta enormemente complicada.

Dicho en pocas palabras, las decisiones asignativas se hacen en el margen que separa tener algo más o un poco menos. Los que eligen comparan las ventajas o beneficios en el margen o marginales con los costes en el margen o marginales. Para que una elección sea eficiente, el valor marginal de lo que se obtiene en ella ha de valer o compensar las cargas o costes marginales que esa elección conlleva. Sería de una gran ayuda para las elecciones que hacen tanto los individuos como los planificadores sociales el que los deseos y necesidades humanas estuviesen determinados y establecidos. Pero no ocurre así, estos deseos y necesidades humanas no están fijados por la biología.

Dos requisitos específicos para la eficiencia surgen adicionalmente de los propios conceptos de coste y de eficiencia asignativa. En primer lugar, para poder comparar beneficios y costes es necesario disponer de una medida que sirva como denominador común del coste independientemente de quien realice las evaluaciones y la elección … El dinero y los precios ofrecen el denominador común del valor que se busca … Los precios capacitan a los consumidores para comparar en el margen todas las alternativas: comprar o ahorrar, comprar este servicio en vez de aquel otro, o comprar esta marca o este diseño en vez de ése de allá.

Los precios permiten a las empresas comparar los costes marginales de inputs alternativos, así como comparar además los costes marginales de los inputs con el valor marginal de los outputs que se producen … En ausencia de precios, no hay elecciones que sean obvias de por sí, y se tomarían decisiones irracionales por la ignorancia de sus costes … Con el fin de evitar una larga disquisición sobre cuestiones abstractas de teoría económica, usaré de un atajo expositivo para explicar cómo los precios pueden representar, aunque no igualitariamente, las valoraciones de casi todos los miembros de una sociedad.

A los precios de este tipo se les conoce como precios de eficiencia en la medida en que representan los términos —o sea, los precios— mediante los que los intercambios que los participantes realizan a partir de una posición inicial les reportan a todos las máximas ganancias posibles, por supuesto sin contar con las que para algunos resultarían de forzar o imponer pérdidas a otros participantes. Tales precios de eficiencia permiten agotar todas las posibles interacciones voluntarias y ventajosas, dada una distribución inicial de los activos y las capacidades entre los participantes. Podemos entonces decir que los precios de eficiencia: 1) permiten a todos los participantes conocer los costes de lo que querrían adquirir, y por ello mismo, hacer elecciones eficientes, y 2) permiten que todos los que participan en el juego ganen en él sin imponer pérdidas sobre ningún otro participante.

Los precios de eficiencia cambian conforme la gente cambia de opinión acerca del valor que da a las cosas. Y, por supuesto, también la distribución de la renta y la riqueza influye notablemente en los precios de eficiencia y los costes. Conforme una sociedad se hace más rica, es previsible, por ejemplo, que los precios de eficiencia de los terrenos cerca de las playas, en las zonas atractivas para el turismo subirán en la medida que más gente rica pujará por ellos.

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La eficiencia del sistema de mercado

¿Cómo se establecen los precios de eficiencia en el mundo real? Hablando estrictamente, los precios reales sólo se acercan de modo aproximado a los de eficiencia. Esa aproximación se produce mediante procesos de intercambio en mercados en los que, como ocurría en el juego del capítulo anterior, los participantes pueden entrar continuamente en intercambios mutuamente favorables … No quisiera sobrevalorar o exagerar una declaración tan amplia como la de que los precios de eficiencia hacen eficientes a los sistemas de mercado. En los sistemas de mercado reales, los precios a menudo están distorsionados por la presencia de monopolios y por la fijación de precios que hace el Estado.

Es posible caer en la tentación de creer que, pese a todo, las decisiones asignativas eficientes tienen menos importancia que el que los empresarios produzcan más y más capital físico que incorpore los avances que se dan en las fronteras de la tecnología. En esa línea, podría argumentarse que la imagen que se ofrece de la eficiencia del mercado conseguida gracias a las decisiones eficientes y los precios de eficiencia es demasiado estática, que le falta en suma el color y la vida de los procesos dinámicos. Pues bien, nada que discutir al respecto. La acumulación de capital, la innovación tecnológica y el dinámico empresario emprendedor que las acomete ocupan una gran parte de la explicación de los logros del sistema de mercado, mostrándose su contribución en las tasas de crecimiento de una economía.

Pero los empresarios no introducen meramente nuevos métodos a fin de apilar productos y bienes de capital unos encima de otros, haciendo caso omiso de lo que la gente quiere o de la existencia de formas más baratas de crear nuevo capital … Su capacidad empresarial, su acumulación de capital y sus innovaciones son importantes para el crecimiento y la eficiencia porque se ajustan a lo que la gente quiere y a las formas de proporcionarles eso que quieren a coste más bajo. Sin las decisiones de elección que discriminan entre las alternativas posibles y que los precios de eficiencia hacen factibles tanto a las empresas como a sus clientes, una sociedad desperdicia sus recursos de energía eléctrica, petróleo o trabajo, con lo que su proceso de crecimiento vacila o se convierte directamente en un proceso de decrecimiento.

Si la eficiencia requiere en primer lugar que quienes eligen averigüen los costes de las elecciones y los comparen con el valor de lo que reciben a cambio, a continuación exige que los decisores estén motivados para recoger esa información y actuar en consonancia. Aquí radica la segunda importante y distintiva pretensión de eficiencia del sistema de mercado: sus motivaciones para todos los participantes.

Para conseguir la eficiencia, no es suficiente el motivar a la gente para que ame a sus vecinos, haga el bien o trabaje duro. Para lograr la cooperación social, los sistemas de incentivos tienen que atraer a los individuos a puestos o tareas específicas, como la de soldador o la de director de un grupo de vigilantes. Pues bien, ni siquiera en las circunstancias más favorables puede el altruismo incentivar a los individuos de modo que se logre la asignación de sus diferentes capacidades a la multiplicidad de tareas necesarias. Los incentivos de mercado pueden dirigir y dirigen a los individuos a cada una de las innumerables actividades que han de hacerse en cualquier sociedad … Los incentivos de mercado tienen una fuerza notablemente más pequeña en lo que se refiere a motivar a los individuos a que se comporten con entrega y dedicación plena a cada una de las tareas a que han sido asignados

El sistema de mercado motiva de diversas y conocidas maneras a que millones de personas se conviertan en empresarios. Las motiva a aceptar retos, afrontar los riesgos, anticipar las ganancias, sufrir las pérdidas y traer a la sociedad las grandes ventajas que se derivan del comportamiento emprendedor.

La velocidad y flexibilidad de los comportamientos, la amplia dispersión de las oportunidades para la actividad emprendedora y la multiplicidad de caminos a explotar tienden a generar unos poderosos incentivos empresariales. Estos incentivos a su vez estimulan la proliferación de iniciativas: nuevas empresas, nuevos bienes y servicios, y nuevas tecnologías; incluso aunque, como veremos, muchas de esas novedades sean de un valor más que cuestionable o hasta peligrosas. En el extremo, es como si la regla operativa para los proyectos en el mercado fuera: "Si alguien quiere que algo se haga, ¡hazlo!" en tanto que la regla para los proyectos en el Estado sea: "Si alguien no quiere que algo se haga, ¡no lo hagas!".

Éstas son, en mi opinión, las claves que explican cómo el sistema de mercado consigue la eficiencia: por un lado, están unos precios de eficiencia que permiten realizar elecciones eficientes; por otro, hay unos poderosos incentivos.

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Ineficiencias

Quizás la más notable de las ineficiencias del mercado sea que, si bien la eficiencia exige que se tengan en cuenta todos los beneficios y costes independientemente de sobre quién recaigan, quiénes participan en un mercado sólo tienen en cuenta los costes y beneficios que recaen sobre ellos mismos. Obviamente, la mayor parte de los participantes individuales consideran también los costes y beneficios que recaen sobre los miembros de sus familias; pero, en general, los participantes en un mercado, ya sean individuos o empresas, tienden de modo característico a ponderar los beneficios y costes de modo estrecho, persiguiendo lo que se conoce convencionalmente como el propio interés o beneficio.

Si, como consecuencia de la localización de un aeropuerto en un determinado lugar los vecindarios que lo rodean se convierten en inhabitables por el ruido insoportable que genera, difícilmente podría considerarse eficiente la decisión de situarlo allí. Son las externalidades como ésta una ineficiencia tan obvia que uno se pregunta cómo es que todavía se niega su importancia en algunos círculos.

Ahora que los efectos externos negativos del consumo de combustibles petrolíferos y de otras emisiones de productos químicos han alcanzado magnitudes críticas, no sólo los escritores de ciencia ficción sino también los científicos ponderan la posibilidad de que esas externalidades, si no son controladas por los estados, acaben empobreciendo o llevando a su final la vida del hombre sobre la Tierra.

Que los individuos ponderen en sus decisiones sólo los beneficios y costes que les afectan, casi exclusivamente, a ellos mismos y sus familias abre un enorme agujero en las argumentaciones a favor de la eficiencia del sistema de mercado. Cuando se toma en consideración la universalidad de las externalidades no parece que pueda hablarse demasiado a favor de la eficiencia de los sistemas de mercado salvo si se los compara con sistemas aún menos eficientes.

Hay algunos economistas, aunque pocos, que niegan que estas externalidades constituyan una ineficiencia del sistema de mercado. Por contra, y así lo dicen, serían la prueba más clara de que no se ha usado lo suficiente del sistema de mercado. Si los derechos al aire limpio, a la luz solar, a los espacios abiertos y a las hermosas vistas pudiesen ser divididos, repartidos y convertidos en propiedad privada, alcanzarían un precio puesto que serían escasos y controlables por sus propietarios. Una empresa o una persona tendría entonces que pagarme si quisiera interferir en mis vistas o contaminar mi aire. Si se procediese de esta manera, cualquier empresa o persona se vería obligada a tomar en consideración esas cosas que entonces tendrían su valor; valor que ahora es olvidado en las decisiones de mercado porque están fuera del mercado.

Para muchos de los valores que se dejan de lado en los sistemas de mercado existentes, ese "si" condicional es de una enorme magnitud ya que, por lo general, no pueden establecerse derechos de propiedad sobre cosas tan valiosas como el aire, la luz y el calor del Sol, o la seguridad. No obstante, estoy de acuerdo en que podrían establecerse en algunas áreas en que hoy no son comunes. Por ejemplo, el adjudicar derechos de propiedad a los agricultores de Tailandia ha reducido la deforestación. La concesión de títulos de propiedad a los chabolistas de Bandung ha mejorado en gran medida la higiene pública, puesto que los propietarios pueden ahora negarse —o poner un precio— al uso de sus parcelas como vertederos. Nueva Zelanda ha logrado contener las capturas excesivas repartiendo derechos de pesca transferibles. Con líneas de actuación como éstas hay pues oportunidad de reducir las ineficiencias de las externalidades.

Por supuesto que las administraciones públicas se empeñan en una gran variedad de continuos intentos de controlar las externalidades, como, por ejemplo, la delimitación de zonas de uso restringido para ciertas actividades u otras restricciones en el uso de la tierra, la limitación de los vertidos de los desechos, los programas de salud e higiene en el trabajo, o la regulación del despido. La frecuencia con la que las administraciones intentan refrenar las externalidades es una señal de cuán comunes y amenazantes se han vuelto.

Hipotéticamente, en un sistema en el que la producción se decide por una autoridad central, esa autoridad podría considerar y tener en cuenta en sus decisiones los efectos negativos, como los destrozos y la contaminación, que causara el aparato productivo. Los empresarios ciertamente no lo hacen. Y, sin embargo, la evidencia empírica muestra que las sociedades de mercado han conservado el medio ambiente y los recursos de disfrute público mejor que los sistemas comunistas. De ello, si no se toma cautela alguna, podría seguirse que el sistema de mercado está, pese a todas sus externalidades generadoras de ineficiencia, mucho más atento a los problemas de los efectos externos que los sistemas centralizados. Una inferencia de esta evidencia empírica, mucho más cauta, concluiría que un sistema de mercado en combinación con la regulación estatal puede ocuparse más efectivamente de estos problemas que una autoridad de control central sin ayuda de un sistema de mercado.

La cara de la moneda opuesta a las externalidades negativas son las externalidades beneficiosas o positivas. Por ejemplo, si una empresa forma a los empleados que contrata, y, más tarde, en el curso del tiempo, algunos de estos trabajadores son contratados por otras empresas, éstas se benefician de la formación que recibieron en la primera. Cuando una persona tiene un hermoso jardín se benefician, también, todos los transeúntes que por allí pasen. Estos beneficios externos pueden así ser no menos numerosos que los costes externos ya analizados.

Casi con total seguridad no se dará el que los costes y beneficios externos simplemente se cancelen entre sí, como un más junto a un menos. Si debido a la desconsideración de los costes externos por parte de los mercados pierde la Tierra sus bosques o la atmósfera su capa de ozono, o si algún laboratorio científico distraídamente difunde en el ambiente los gérmenes de una epidemia mortal, ¿qué beneficios externos podrían contrarrestar esos desastres? Teniendo sólo en cuenta estas posibilidades, me atrevo a aventurar que en las próximas décadas seremos testigos de una reconsideración lenta pero drástica del sistema de mercado.

Los puntos de vista convencionales sobre el sistema de mercado lo ven como un espacio en el que las gentes participan en intercambios mutuamente ventajosos. Pero es claramente un hecho el que, en él, se expulsa a las gentes de las transacciones tanto como se incluyen en ellas. Los argumentos clásicos en favor de la eficiencia del mercado, incluyendo los modelos matemáticos de unos mercados idealizados, muestran que hay unos beneficios netos para todos los que participan en los mercados si se cumplen unas condiciones especiales, pero se trata de los beneficios que surgen de la existencia de transacciones en comparación con una situación en la que no las hubiera.

Ciertamente, la finalización de las transacciones es un problema tan preocupante que muchas sociedades restringen legalmente en algunos casos los derechos a ponerles un final. A los empleadores, por ejemplo, se les prohíbe a veces que despidan a sus empleados sin un motivo legalmente aceptado, o se les obliga a dar un aviso previo y a pagar una indemnización por el despido. Los propietarios, por su parte, tienen limitada su capacidad de desahuciar a sus inquilinos … En suma, que la ineficiencia del mercado por lo que respecta a esta cuestión de la terminación de las relaciones de mercado está ampliamente reconocida.

Los costes que conllevan los despidos o los desahucios iluminan las dificultades que se han dado en el proceso de transición al sistema de mercado en Rusia y el resto de países de Europa Oriental. Millones de personas ven allí como se reducen los derechos establecidos de que habían disfrutado bajo los regímenes comunistas y están amedrentadas por la novedosa opción de dar por finalizados sus empleos que ahora tienen a su disposición los empleadores.

Los propósitos para los que el Estado anuncia subvenciones son muy a menudo loables, pero la razón por la que frecuentemente se establecen es porque favorecen a grupos o sectores que pueden ejercer la suficiente influencia política como para conseguir que se establezcan. Las subvenciones al sector agrícola son, a este respecto, un caso paradigmático pues aunque a menudo se defienden como el instrumento para proteger a los agricultores de rentas bajas, se pagan casi enteramente a los agricultores de rentas más altas o a las grandes empresas agropecuarias.

Un tema habitual que se niega a desaparecer de la escena social es la desigualdad en la distribución de la renta y la riqueza así como de las posiciones sociales y las oportunidades de progreso. Con su regla del toma y daca, los sistemas de mercado generan grandes desigualdades … Pero la desigualdad caracteriza todos los sistemas sociales a gran escala que no sean aquellos que sólo existen en la imaginación y en los que la igualdad está preestablecida en su programa. Los sistemas de mercado pasados y presentes no sólo no remedian sino que a veces exacerban la desigualdad característica de los sistemas sociales a gran escala. Pero, no obstante, a través de impuestos, pagos de transferencias y otros métodos, cualquier sociedad de mercado de las realmente existentes puede reducir de modo significativo o reestructurar la desigualdad si sus gentes o sus dirigentes así lo quieren. Por estas razones, las desigualdades de los sistemas de mercado realmente existentes no constituyen una razón suficiente para su abandono.

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Demasiado poco, demasiado tarde

Los sistemas de mercado requieren de dos conjuntos de decisiones. Un conjunto consiste en aquellas que se plasman en transacciones en los mercados. El otro se compone de aquellas decisiones o determinaciones "previas" que afectan a la distribución entre los individuos de los activos y capacidades que luego son ofertados en las transacciones de mercado. Esta determinación previa de lo que cada individuo tiene proviene de la costumbre, del derecho y de multitud de accidentes históricos; y es en gran medida de aceptación obligada. Ambos conjuntos de decisiones operan en el presente, la diferencia entre ellos no hay que buscarla en el contraste entre el presente y el pasado.

Las transacciones de mercado no pueden empezar a realizarse mientras no se hayan hecho estas determinaciones previas. No se pueden hacer transacciones en el mercado partiendo de la nada, puesto que hasta que de algún modo se haya decidido, ya sea apelando a la costumbre ya a las leyes sobre la propiedad, que ciertos activos son de alguien, este alguien no puede ofrecerlos en el mercado para llevar a cabo un intercambio. Y, por lo mismo, tampoco nadie puede ofrecer su trabajo hasta que, de alguna manera, se haya decidido, bien recurriendo a la costumbre bien a las leyes sobre las libertades, qué opciones tiene abiertas si quiere proceder de este modo.

El modelo de asignación de activos y capacidades que se desenvuelve a través de la historia y el mecanismo de herencia varía de sociedad en sociedad, ocurriendo que hay sociedades que favorecen a algunos, y otras a otros … Así, todas asignan derechos individuales de propiedad sobre la tierra en vez de poseerla colectivamente, y lo mismo se puede decir respecto a los derechos de participación en los activos de las empresas. Todas las sociedades, en general, asignan los activos productivos de forma desigual.

Una primera conclusión sería, pues, que no se puede explicar la composición ni el nivel de la producción o en general los resultados de un sistema de mercado a partir únicamente de las transacciones de mercado, ya que ese nivel y composición son siempre el resultado conjunto de las transacciones y de las determinaciones previas.

En cada momento del tiempo, cada generación se apoya en la acumulación de activos realizada por las generaciones que la preceden. En las sociedades industriales y postindustriales, esa acumulación es gigantesca. Los activos así acumulados se distribuyen en gran medida mediante las leyes y costumbres que regulan los procesos de herencia. Tomándola en su conjunto, esa distribución dista de ser fruto de una reflexión, ni ha sido establecida con el propósito de alcanzar un objetivo como, por ejemplo, el interés público o el bien común. Lo que cada uno de nosotros hereda, al margen de factores genéticos, está en una gran parte conformado por una más que larga, larguísima historia de guerras, conquistas, rapiñas, engaños e intimidaciones junto con unas leyes que regulan los derechos de propiedad y sucesiones.

Una segunda conclusión es, entonces, que las asignaciones previas que operan en cada momento no son eficientes. Son lo que son por accidente histórico y por las leyes que regulan la herencia, cuya formulación no ha estado sujeta a ponderación alguna de beneficios frente a costes.

De las dos conclusiones podemos extraer una importante conclusión general acerca de la eficiencia del mercado. A partir de una distribución inicial de activos y capacidades, las interacciones de mercado como máximo conceden a quienes participan en ellas la oportunidad de tomar decisiones eficientes respecto a cómo asignar los activos y capacidades que les han sido asignados previamente. No les permiten, por lo tanto, anular o escapar de las ineficiencias de las asignaciones o condicionantes previos.

Nuestra tercera y última conclusión es, en pocas palabras, la siguiente: los sistemas de mercado, sabia o equivocadamente, abandonan en buena medida la posibilidad de lograr una asignación de recursos y una estructura de la producción eficientes. Más bien lo que establecen son unas asignaciones ineficientes mejoradas en el limitado grado en que las transacciones voluntarias pueden hacer factible la mejora.

Que los sistemas de mercado hacen esa elección es algo que no aparece normalmente a primera vista. Pero que hay un proceso de elección es algo real, como recientemente se ha visto conspicua y flagrantemente en Rusia. En este país, la transición al sistema de mercado ha desencadenado una enorme y dura confrontación acerca de la determinación "previa" de quién se va a quedar con los activos que en un tiempo fueron del Estado. El poder, la ambición y la corrupción están dando lugar allí a una asignación "inicial" de activos muy inequitativa que conformará indefinidamente los resultados del sistema de mercado.

De igual forma he agregado que el sistema de mercado necesita un conjunto de condiciones, como el derecho de propiedad, sin las que no puede existir, y que, no obstante, limitan drásticamente la eficiencia a la que puede aspirar. Su eficiencia distintiva es la elección voluntaria eficiente, pero tales elecciones requieren de un conjunto determinado previamente de decisiones "asignativas" que son en gran medida forzadas. Conseguir el tipo de eficiencia al que puede llegarse con el sistema de mercado exige a una sociedad que soporte las ineficiencias de ese conjunto de determinaciones previas.

También puedo añadir que a través de la redistribución vía fiscal y mediante los sistemas de pagos de transferencia, como, por ejemplo, las ayudas por desempleo, las sociedades de mercado pueden, si así lo quieren, mejorar en gran parte la eficiencia del conjunto de asignaciones previas. Esto permitiría al sistema de mercado, en su relación en tándem con las determinaciones previas, convertirse en un instrumento de eficiencia mucho más efectivo de lo que de otro modo habría sido. De nuevo, encontramos aquí una razón adicional para creer que un sistema de mercado puede funcionar mejor que cualquier otro.

No obstante, también he apuntado que el propio sistema de mercado obstaculiza algunas de las mejoras en el sistema de dotaciones previas que posibilitarían la consecución de resultados de mercado más eficientes. En este sentido, el mercado es una institución de lo más peculiar. Confinado como lo está por sus cimientos en las costumbres y el derecho, inhibe muchos cambios en ellos que permitirían lograr resultados más eficientes.

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Personalidad y cultura en el sistema de mercado

Al menos desde Platón, una procesión de filósofos y teóricos en la que participarían Marx, Maine, Spencer y Durkheim hicieron una distinción semejante a la de Ferdinand Tönnies entre Gemeinschaft (comunidad) y Gesellschaft (sociedad). De modo aproximado se puede decir que con esos términos se diferencian dos formas de asociación humana cooperativas y pacíficas. La primera se construye vía las relaciones multilaterales del parentesco, los valores compartidos y el afecto. La otra resulta en gran medida de relaciones unilaterales y del deliberado esfuerzo de organizaciones formales por alcanzar la coordinación. La primera adopta la forma de una comunidad en donde la vida comunitaria sería en sí misma el objetivo a realizar. La segunda, de organizaciones formales como el Estado, la burocracia y la sociedad anónima, que se caracterizan porque todas ellas tienen unos objetivos diferentes de la vida de la comunidad o de la organización por sí misma. Pues bien, todos los autores mencionados opinan que en los últimos trescientos años, en las sociedades de Europa Occidental y en Norteamérica —y en menos años en las de otras partes del mundo—, se ha asistido a un movimiento desde la primera hacia la segunda de estas dos formas de asociación humana.

Si bien esa transformación, que ha coincidido con la extensión del ámbito del sistema de mercado, ha alterado casi con total certeza la personalidad y cultura humanas, no se puede inferir de esa coincidencia la responsabilidad del sistema de mercado ya que esa transformación también ha coincidido con la industrialización y la innovación tecnológica, así como con fenómenos como la urbanización y la burocratización. Por otro lado, también ha coincidido, aunque usualmente con cierto retraso temporal, con el auge del sistema político democrático.

Ahora bien, aunque se está de acuerdo en que todos estos movimientos se refuerzan mutuamente, queda la cuestión de cómo establecer cuál o cuáles son causas y cuáles efectos. Ciertamente, la industrialización, la urbanización, la innovación tecnológica y el desarrollo de organizaciones burocráticas se produjeron en la Unión Soviética siguiendo un camino independiente del sistema de mercado. Por lo tanto, no se puede acreditar ni adeudar al sistema de mercado por esos cambios. Y esta conclusión empieza a minar la confianza en cualquier hipótesis que atribuya al sistema de mercado la causa de aspectos contemporáneos de la cultura y personalidad humanas. Acabamos, pues, no con la constatación de una ligazón entre el mercado y esos aspectos negativos sino con un problema.

La validez de la oposición entre estas dos formas de sociedad —la comunidad y la organización con propósitos concretos— estaría más probada si esos trescientos años nos hubieran llevado a todos al final del camino. Podríamos entonces constatar el inequívoco contraste entre la comunidad tradicional y la trágica posición final de una sociedad homogénea coordinada en gran medida por la autoridad definida del Estado. Pero, salvo en los mundos fascista y comunista, el cambio no ha llegado en ningún sitio tan lejos. Lo que ocurrió es que apareció una tercera alternativa: el sistema de mercado. El sistema de mercado proporciona un tipo de coordinación social a gran escala que se extiende mucho más allá de las posibilidades de la comunidad, pero que, sin embargo, no exige la subordinación de toda la especie humana a organizaciones intencionales.

Es esta tercera alternativa —el sistema de mercado— la que ha hecho posible escapar de un tipo de Estado intencional y autoritario a la hora de realizar una coordinación a gran escala. Como coordinador de individuos y organizaciones al nivel de toda la sociedad en el mundo contemporáneo, el sistema de mercado conserva algunas características importantes de sociedades anteriores. Especialmente, y en este sentido, mantiene el carácter multilateral del intercambio social, minimizando en consecuencia el modelo autoritario unilateral característico de las organizaciones con propósitos concretos.

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La persuasión de las masas

Vayamos a algunos hechos elementales acerca de la comunicación de la elite del mercado con la masa. Para empezar, hay que tener en cuenta que aunque las familias y las amistades establezcan modos de comunicación multilateral, la forma dominante de comunicación que conecta a las grandes masas de población en los sistemas de mercado, en realidad, es unilateral en sumo grado. Es un número reducido de empresarios o sus agentes el que lanza mensajes a un vasto número de personas. Este modelo de interacción comenzó con el desarrollo de la alfabetización ya que está claro que hasta que la gente no supo leer no hubo voz que pudiera alcanzar a millones de personas. Con la radiodifusión y la televisión, el tamaño de las audiencias y la frecuencia con la que recibían mensajes unilaterales dio otro salto adelante, dando paso a un nuevo mundo cuyo flujo de comunicación unilateral puede calificarse, sin exagerar, de torrencial.

A todos se nos ha enseñado que los medios de comunicación son un método de trasmitir información, que la comunicación es edificante en sentido moral, pero en la realidad de los hechos, la comunicación frecuentemente no intenta otra cosa que distraer, y es por ello que en las comedias nos reímos en vez de tomar notas. Pero ya sea el propósito de la comunicación el entretenimiento o la información, ambos objetivos están subordinados al de alcanzar el control.

Como método de control, la comunicación persuasiva es poderosa, aunque como sucede con otras formas en que se ejerce el poder no siempre tiene éxito. Otro indicador de su poder es que los empresarios gastan asombrosas cantidades de dinero para vender sus bienes y servicios. Como caso extremo, se puede citar a los Estados Unidos, donde se gasta más en las campañas de promoción que en educación superior.

Ahora bien, la predisposición de la industria publicitaria hacia el uso de la verdad es aproximadamente la misma que su predisposición hacia el uso de la tergiversación, la falsedad y la ofuscación, por lo que, dentro de ciertos límites legales, no tendrá reparos en utilizarla si funciona. Frente a ello, el sector de la educación intenta dar a la búsqueda de la verdad una posición que se opone a la tergiversación, la falsedad y la ofuscación.

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¿Es el sistema de mercado necesario para la democracia?

Al igual que lo hacen mediante el sistema político democrático, las masas controlan a las elites a través del sistema de mercado. Ambos mecanismos constituyen las dos opciones con que pueden contar millones de personas para ejercer un control sobre esa minoría relativa —empresarios, funcionarios del Estado y miembros del gobierno— que de forma activa toma las decisiones más inmediatas. Está claro que ambos mecanismos están entrelazados hasta el punto de que está ampliamente extendida la opinión de que un Estado no puede ser democrático si no está ligado a un sistema de mercado.

Hasta ahora, en la historia, no ha habido estados democráticos que no estuviesen unidos a sistemas de mercado. El mundo nunca ha visto un sistema de planificación central de corte democrático. En tanto que es común tropezar con sistemas de mercado que no son democráticos, por ejemplo, Indonesia o Arabia Saudí; no se ha visto sin embargo ninguna democracia sin sistema de mercado. Y tan sólida es esta conexión histórica que algunos analistas predicen que Rusia no podrá alcanzar la democracia debido a que ha puesto las reformas democratizadoras por delante de la reformas del mercado, de modo que todavía carece de un sistema de mercado que pueda ser el sostén de la democracia. En cuanto a los cambios en China, estos mismos analistas consideran que están haciéndose por el camino adecuado en la medida en que en ese país se ha puesto al mercado en primer lugar, de modo que más pronto que tarde, China tendrá un sistema de mercado apropiado para ser la base de una democracia, siempre que entonces sus dirigentes la permitan, claro está.

Los estados democráticos de hoy día ejercen unos poderes mucho mayores que los que ejercían los estados desde la antigüedad hasta la mitad del siglo XVIII. Tienen, entre otros, el poder de imponer impuestos, controlar las emisiones de dinero y el crédito, regular las empresas y transferir rentas a través de los pagos del sistema de protección y asistencia social. Sin embargo, la democracia no se ha resentido por ello, no se ha puesto en lo que Hayek denominaba el "camino de servidumbre".

Un segundo hecho a destacar, que quizás debería considerarse asombroso, es que ningún Estado democrático haya intentado nunca eliminar el sistema de mercado. Éste es el incuestionable hecho que requiere explicación. ¿Cómo es posible que ningún Estado democrático haya intentado, o que incluso lo haya intentado y fracasado, prescindir del sistema de mercado? Podría esperarse que doscientos años de historia habrían sido suficientes como para que se hubiese asistido a algún intento democrático, ya fuera prudente o disparatado, de acabar con el sistema de mercado, incluso aunque hubiera fracasado. Todos los críticos del mercado, no sólo los marxistas sino también los socialistas democráticos como los fabianos ingleses, han ofrecido poderosos argumentos para ello.

La repetición de depresiones económicas, por otro lado, estimuló asimismo el debate sobre las alternativas al mercado, y cabría esperar que la catastrófica severidad de la Gran Depresión de los años treinta hubiera sido estímulo suficiente, para que, en alguna parte del mundo y en ese periodo de angustia, algún gobierno democrático hubiese probado suerte con una planificación centralizada. No lo han hecho por una razón muy simple: la aceptación o aprobación del sistema de mercado siempre ha gozado de un grado notablemente elevado de conformidad, no unanimidad pero sí un consenso tan amplio que los ciudadanos antimercado y sus líderes nunca han logrado ganar, ni siquiera una vez, en doscientos años.

Que sin excepción la mayoría de los ciudadanos y sus líderes siempre hayan elegido mantener el sistema de mercado es un hecho sobre su estado mental, no sobre cómo funciona el sistema de mercado. Dicho con otras palabras, la conexión histórica que se busca descansa en un estado de conciencia, no en la mecánica del sistema de mercado y la democracia.

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¿Hay una alternativa al sistema de mercado?

Como procedimiento general para articular la coordinación social, el tosco mecanismo que he llamado planificación física —aquella que no usa ni precios ni dinero— está completamente al margen de toda consideración como alternativa seria al sistema de mercado. En ningún sitio del mundo parece existir el menor interés por un sistema no monetario de determinación centralizada de la producción junto con la asignación de los bienes y servicios así producidos por parte del Estado, sin que ni los individuos ni las familias tengan nada que decidir.

De modo que, independientemente de cómo sean controladas o planificadas las actividades productivas, no parece haber un procedimiento general para distribuir lo producido que no sea permitir que cada persona o familia compre lo que desee con una suma de dinero que representa la parte del producto total producido cooperativamente que le corresponde a esa persona o familia. Este método evita tanto a los consumidores como a los administradores el cúmulo de irritación, arbitrariedad e ineficiencia que entraña el recurso a los cupones de racionamiento. Por supuesto que algunos bienes y servicios requieren un trato especial, y así, por ejemplo, ciertos tipos de asistencia médica se suministran gratuitamente. Pero, en todo caso, la superioridad de la elección de los consumidores en los mercados como regla general se reconoce hoy por todas partes.

De modo similar, casi no hay lugar en el mundo en el que se abogue por el procedimiento de reclutar las plantillas de los centros de trabajo por medio de órdenes, salvo en circunstancias especiales como la conscripción militar. Adicionalmente, poco se puede dudar de que todas las sociedades utilizarán, como instrumentos administrativos de los estados, las compras públicas, las subvenciones y los impuestos.

En resumidas cuentas, se puede concluir que, en lo que respecta a la cuestión de la coordinación a nivel de toda una sociedad, la única alternativa al sistema de mercado es, pues, un sistema que se asemeja en muchos aspectos a un sistema de mercado. Al igual que éste, haría uso del dinero, de los precios, de la elección de los consumidores, de la elección ocupacional de los trabajadores y otros mecanismos mercantiles.

El sistema de mercado afecta a todas las dimensiones de nuestras vidas. Permite lograr lo que nuestros antecesores habrían considerado un nivel asombroso de cooperación que abarca al conjunto de la sociedad, nacional y global. Sirve también para mantener la paz social. Pero, por otro lado, su regla del quid pro quo plantea un desafío a la misma noción de sociedad. No, no estoy resumiendo el libro en este párrafo, solamente estoy haciendo que vuelva a sonar una melodía ya oída. Es aquella que dice que hay que pensar en términos de sociedad, no de economía. El sistema de mercado sólo puede entenderse como una parte fundamental de la estructura y la vida de la sociedad, cuyos efectos la impregnan completamente. ¿Qué tipo de sociedad queremos?

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