La riqueza y la pobreza de las naciones

David S. Landes

Editorial Crítica, 1999


Índice de citas

 


Introducción

La vieja división del mundo en dos bloques de poder, el Este y el Oeste, ha desaparecido. Ahora el gran desafío y la gran amenaza es el abismo en riqueza y salud que media entre ricos y pobres. A menudo se categorizan como Norte y Sur, porque la división es geográfica, pero una expresión más precisa sería el Oeste y el Resto, porque la división también es histórica. He aquí el problema y el peligro más grave que se ciernen sobre el mundo del tercer milenio.

¿Cuán grande es el abismo que media entre ricos y pobres y qué está ocurriendo con él? A grandes rasgos y de manera sintética, puede decirse que la relación entre la renta per cápita de la nación industrial más rica, Suiza, pongamos por caso, y la del país no industrializado más pobre, Mozambique, es de 400 a 1. Hace doscientos cincuenta años, esta relación entre la nación más rica y la más pobre era quizás de 5 a 1, y la diferencia entre Europa y, por ejemplo, el este o el sur de Asia (China o India) giraba en torno a 1.5 o 2 a 1.

¿Sigue ahondándose hoy este abismo? En los extremos, la respuesta es claramente afirmativa. Algunos países no sólo no mejoran, sino que se están empobreciendo, en términos relativos y en ocasiones absolutos. Nuestra tarea (la de los países ricos), en interés nuestro tanto como en el suyo, es ayudar a los pobres a adquirir más salud y prosperidad. En caso contrario, tratarán de apoderarse de lo que no pueden producir y, si no pueden obtener ingresos exportando mercancías, exportarán personas. Dicho en pocas palabras, la riqueza constituye un imán irresistible y la pobreza es un contaminante que puede ser muy molesto: no puede aislarse, de modo que nuestra paz y prosperidad dependen a largo plazo del bienestar de los demás.

Me propongo abordar estos problemas desde el punto de vista histórico. ¿Cómo se hicieron tan ricos los países ricos? ¿Por qué son tan pobres los países pobres? ¿Por qué asumió Europa (el Oeste) el liderazgo a la hora de cambiar el mundo? El enfoque histórico no garantiza que pueda llegarse a una respuesta. Otros han reflexionado sobre estos temas y han dado con explicaciones dispares.

La mayoría de ellos pueden agruparse en dos escuelas. Unos ven en la riqueza y el dominio europeos el triunfo del bien sobre el mal. Los europeos, afirman, eran más inteligentes, mejor organizados, más trabajadores; los demás eran ignorantes, arrogantes, vagos, atrasados y supersticiosos. Otros invierten las categorías: los europeos, dicen, eran agresivos, crueles, codiciosos, sin escrúpulos e hipócritas; sus víctimas eran felices, inocentes, débiles… víctimas propicias y, por ello, completamente subyugados. Veremos que ambas visiones maniqueas contienen elementos de verdad, así como de fantasía ideológica. Las cosas son siempre más complejas de lo que nos gustaría. Una tercera escuela propugna que la dicotomía Oeste-Resto es lisa y llanamente falsa. Esta afirmación es manifiestamente incorrecta. Como muestran los antecedentes históricos, durante los últimos milenios Europa (el Oeste) ha sido el principal instigador del desarrollo y de la modernidad.

Queda por resolver el aspecto moral del problema. Algunos dirán que el eurocentrismo es malo para nosotros, y sin duda malo para el mundo, por lo que debe evitarse. Dichas personas deberían evitarlo. Por mi parte, prefiero la verdad a lo políticamente correcto. Me siento más seguro del suelo que piso.

Índice


Las desigualdades de la naturaleza

En un mapa del mundo en términos de producto o renta per cápita, se advierte que los países ricos se encuentran en las zonas templadas, especialmente en el hemisferio norte, mientras que los países pobres se sitúan en los trópicos y semitrópicos. Como afirmó John Kenneth Galbraith cuando estudiaba temas agrícolas: "Si marcáramos una franja de tres mil doscientos kilómetros de ancho en torno a la Tierra a la altura del ecuador, no se vería en su interior ningún país desarrollado…"

De modo que la vida en los climas adversos (propensos a las inundaciones, tormentas y sequías) es precaria, mísera, brutal. Los errores del hombre, por bienintencionados que sean, agravan la crueldad de la naturaleza. Ni siquiera las ideas felices escapan al castigo. No es de extrañar que estas zonas sigan siendo pobres, que muchas de ellas se hayan empobrecido aún más, que numerosos proyectos de desarrollo anunciados a bombo y platillo hayan fracasado estrepitosamente (se oye hablar más de ellos antes que después), que los avances en los cuidados sanitarios se queden en nada al toparse con las nuevas enfermedades y con rebrotes de las viejas enfermedades.

África, en particular, ha librado una dura batalla contra estos escollos y, aunque se han realizado grandes progresos, como reflejan las tasas de mortalidad y los datos sobre la esperanza de vida, la morbilidad sigue siendo elevada, la alimentación es inadecuada, una hambruna sigue a otra y la productividad no aumenta. Antaño fue capaz de alimentar a su población: hoy ya no lo es.

Con todo, sería un error ver en la geografía la fuerza del destino. Su impronta puede reducirse u obviarse, aunque siempre pagando un precio por ello. La ciencia y la tecnología constituyen la clave: cuanto más se sabe, más puede hacerse para prevenir la enfermedad e instaurar mejores condiciones de vida y de trabajo.

Índice


La excepción europea: una senda diferente

Europa tuvo suerte; pero la suerte es sólo un punto de partida. Nadie que observara el mundo hace, por ejemplo, mil años, hubiera vaticinado grandes venturas a ese promontorio del extremo occidental de la masa continental euro-asiática que llamamos continente de Europa. O, dicho en términos populares hoy entre los nuevos historiadores de la economía, la probabilidad en aquel momento de un predominio global europeo estaba cerca de cero. Quinientos años después, rondaba el uno.

En el siglo X, Europa estaba dejando atrás grandes calamidades: invasiones, saqueos, y rapiñas, infligidos por los enemigos que la rodeaban. Lo que hoy conocemos como Escandinavia, los nórdicos o vikingos, bandidos marinos cuyos barcos ligeros… operaban a lo largo de las costas atlánticas y, en el Mediterráneo, llegaban hasta Italia y Sicilia. Otros venían del mar, del otro lado del Mediterráneo. Los sarracenos (moros) establecieron cuarteles de campaña en los Alpes y en la Costa Azul, puntos de partida para sus incursiones contra las rutas comerciales que unían a la Europa del norte con la del sur.

Nadie se resigna a este tipo de ultrajes. Los europeos aprendieron a replicar a estas acometidas… Se ha sugerido que este fin de las hostilidades y el peligro puso prácticamente a Europa en la senda del crecimiento y el desarrollo. Es el clásico punto de vista de los economistas: el crecimiento es natural y se producirá en cuanto surja una ocasión propicia e impere un mínimo de seguridad. Suprimid los obstáculos y el crecimieno se cuidará de sí mismo. Otros opinan que la ausencia de agresiones es una condición necesaria pero no suficiente. El crecimiento y el desarrollo precisan espíritus emprendedores, y dicho espíritu no se le puede presuponer a todo el mundo. Además, la Europa medieval no carecía de trabas al espíritu de empresa.

Para hacerse una idea de la evolución de este proceso, hay que ver en la Edad Media el puente entre un mundo antiguo, enclavado en el Mediterráneo —Grecia y, más adelante, Roma— y una Europa moderna, al norte de los Alpes y los Pirineos. En esos años intermedios nació una nueva sociedad, muy diferente de la que había imperado antes, y se adentró por una senda que la alejó definitivamente de las demás civilizaciones.

Es indudable que Europa siempre se había visto diferente de las sociedades situadas al este. Las grandes guerras médicas —Salamina, Termópilas— fueron recogidas por la leyenda popular e hicieron acto de presencia como símbolos de la lucha entre el este y el oeste, entre la ciudad libre (la polis, origen de la palabra política) y los imperios aristocráticos, entre la soberanía popular (al menos para los hombres libres) y el despotismo oriental (servidumbre universal). Por aquel entonces, a uno le enseñaban que los griegos habían inventado la democracia, la palabra y la idea. Todavía lo cree así la sabiduría más convencional, aunque el cliché se haya visto sustancialmente modificado por el conocimiento de la esclavitud en el mundo griego y de la exclusión de las mujeres del proceso político (aunque no del ágora).

Vinculada al contraste entre democracia griega y despotismo oriental está la oposición entre la propiedad privada y el principio de que todo pertenece al soberano. Hoy, naturalmente, todo el mundo sabe que esta contingencia de la propiedad ahoga a la empresa y entorpece el desarrollo; en efecto, ¿por qué habría alguien invertir capital o trabajo en la creación o adquisición de riquezas que tal vez no se le permita conservar? Edmund Burke lo expresa así: "una ley contra la propiedad es una ley contra la industria". Sin embargo, en los despotismos asiáticos, este régimen se consideraba la raison d'être misma de la sociedad humana: ¿para qué vive la gente común, si no es para halagar a su soberano?

En esas circunstancias, la propia noción de desarrollo económico fue una invención occidental. Los imperios aristocráticos (despóticos) solían operar según la técnica característica de la pinza: cuando las élites querían más, no pensaban en términos de aumento de productividad. ¿De dónde había de venir el superávit? Se limitaban a oprimir (y explotar) con más fuerza, y por lo general extraían aún un poco de jugo escondido.

Los griegos antiguos distinguían entre libres y no libres, no tanto en términos de beneficios materiales (no les interesaban particularmente los asuntos económicos, que asociaban con los metecos y otros hombres toscos), ni aun en términos de las ventajas de su propio sistema, como en función de las equivocaciones de los demás, que tildaban de tiranía. Y, pese a todo, los griegos sucumbieron al despotismo, con gran esplendor en el imperio creado por Alejandro y gobernado por sus sucesores asiáticos y egipcios.

Y, más adelante, les ocurrió lo mismo a los romanos, que, a fin de cuentas, se dejaron llevar con suma facilidad a la tiranía. En su versión última, el Mediterráneo clásico acabó por asemejarse políticamente a las civilizaciones orientales: una élite reducida y poderosa rodeada de clientes, siervos y esclavos y gobernada por un autócrata. Pero ahí acaban las similitudes. Los disidentes sabían que aquello estaba mal, lo decían en público y lo escribían, y sufrían por su arrogancia. El ideal republicano murió luchando con las botas puestas.

Mientras tanto, los derechos de propiedad debían ser redescubiertos y reimplantados tras la caída de Roma. Aquel mundo, que conocemos como medieval —Edad Media—, constituía una sociedad de transición, una amalgama del legado clásico, de las leyes y costumbres tribales germánicas y lo que se ha dado en llamar tradición judeocristiana. Todos sirvieron de pilar a las instituciones de la propiedad privada.

El concepto de los derechos de propiedad se remontaba a épocas bíblicas, fue trasmitido y transformado por la enseñanza cristiana. La hostilidad de los hebreos con respecto a la autocracia, hasta con la suya, nació en Egipto y el desierto: ¿ha habido jamás un pueblo más obstinado? Permítanme citarles dos ejemplos en los que la respuesta a la iniciativa popular está directamente vinculada con la santidad de la propiedad. Cuando el sacerdote Coré dirige una revuelta contra Moisés en el desierto, Moisés se defiende de las acusaciones de usurpación afirmando: "Yo no les he quitado ni un solo asno, ni le he hecho mal a ninguno de ellos" (Números 16:15). De igual modo, cuando los israelitas, ya establecidos en su Tierra, reclaman un rey, el profeta Samuel se lo concede, pero les avisa de las consecuencias: un rey, les dice, no será como él. "¿De quién he tomado yo el buey o de quién he tomado el asno?" (I Samuel 12:3).

Esta tradición, que hace diferentes a los israelitas de cualquiera de los reinos que les rodeaban y seguramente contribuyó en no poca medida a granjearles la hostilidad de los gobernantes locales —¿a quién le benefician los alborotadores?—, fue diluyéndose en el cristianismo cuando dicha comunidad de fe se convirtió en una iglesia, especialmente cuando dicha iglesia se hizo la oficial, la religión privilegiada de un imperio autocrático. A quien te da de comer, miramiento has de tener. Además, la palabra no se difundía, pues la iglesia decidió pronto que sólo ciertas gentes cualificadas, clérigos por ejemplo, podían conocer la Biblia.

El Buen Libro, con sus leyes y su ética igualitarias, su rechazo profético del poder y la exaltación del humilde, era una puerta abierta a la indisciplina de los fieles y a los malentendidos con las autoridades. Sólo despues de una censura y reinterpretación podía comunicarse al estamento laico. De modo que no fue hasta la aparición de sectas heréticas como los valdenses (Valdo, circa 1175), los lolardos (Wycliff, c. 1376), los luteranos (a partir de 1519) y calvinistas (mediados del XVI), con su énfasis en la religión personal y la traducción de la Biblia a las lenguas vernáculas, cuando esta tradición judeocristiana entró explícitamente en la conciencia política europea, al recordar a los gobernantes que debían su riqueza y poder a Dios y, aún así, a condición de que se portaran bien. Una doctrina molesta.

La lucha por el poder en las sociedades europeas (adviértase el uso del plural) fue también origen del fenómeno específicamente europeo de la ciudad semiautónoma, organizada y conocida como comuna. La esencia de la comuna radica, en primer lugar, en su función económica: estas unidades eran "gobiernos de los mercaderes, por los mercaderes y para los mercaderes"; en segundo lugar, en su excepcional poder civil: su capacidad para dar entidad social y derechos políticos a sus residentes, unos derechos de importancia capital para las transacciones comerciales y la independencia de injerencias extranjeras. Hizo de las ciudades puertas abiertas a la libertad, fisuras en el manto de esclavitud que cubría la tierra. Stadtluft macht frei, rezaba el dicho medieval: el aire de la ciudad hace libre.

Así pues, irónicamente, la fortuna de Europa residió en la caída de Roma y el vacío de poder y las secesiones que le siguieron. (Objeto predilecto de las lamentaciones de generaciones enteras de clasicistas y profesores de latín). El sueño romano de unidad, autoridad y orden (la pax romana) pervivió, ha sobrevivido de hecho hasta el día de hoy. Después de todo, se suele ver en la fragmentación una gran desventura, terreno abonado al conflicto; no es casual que la Unión Europea se vea como la cura de hogaño para las guerras de antaño. Y, con todo, en esos años que median entre lo antiguo y lo moderno, la fragmentación era el freno más eficaz contra las conductas belicosas y opresivas. La rivalidad política y el derecho a desertar y cambiar de residencia fueron determinantes.

Otra fisura contribuyó a ello: la separación entre lo secular y lo religioso. A diferencia de las sociedades islámicas, en donde la religión era en principio suprema y el gobierno ideal era el de los hombres santos, el cristianismo, añorando la tolerancia imperial, realizó pronto la distinción entre Dios y el César. A cada cual lo suyo. Con ello no se erradicaron los malentendidos y conflictos. No hay nada tan inestable como una supremacía dual: alguien tiene que ceder. Al final fue la iglesia, lo que significó dar al César lo que era del César y, por añadidura, una buena parte de lo que era de Dios.

En este caso, la fragmentación también fue el factor diferenciador clave. La iglesia logró dotarse de poder político en algunos países, en particular del sur de Europa, pero no en otros; de modo que se crearon en Europa áreas de pensamiento potencialmente libre. Esta libertad encontró su expresión más adelante, en la Reforma protestante, pero, incluso antes, Europa no padeció el control sobre el pensamiento que resultaría una maldición para el islam.

En cuanto a China, que no tenía una fe establecida y donde sin duda imperaba una tolerancia religiosa extraordinaria, el mandarinato y la corte imperial hacían las veces de custodios de una moral laica superior y perfeccionada, y como tales fijaban la doctrina, juzgaban el pensamiento y la conducta y sofocaban la disidencia y la innovación, incluso la innovación tecnológica. Fueron precisamente la totalidad y la madurez de este canon y ética heredados, la sensación de integridad y superioridad, las que hicieron a China tan hostil al conocimiento y las formas exteriores, incluso cuando les hubieran sido útiles.

La expansión económica de la Europa medieval fue, por lo tanto, alentada por una sucesión de innovaciones y adaptaciones organizativas, la mayoría de ellas impulsadas desde abajo y difundidas mediante el ejemplo… En estas centurias empezó a usarse toda una gama de instrumentos comerciales nuevos; se elaboraron y aplicaron códigos comerciales y se idearon acuerdos de asociación para fomentar las alianzas entre los prestamistas y la población activa, entre quienes suministraban los recursos financieros y las mercancías, y quienes viajaban a tierras distantes para comprar y vender. Prácticamente la totalidad de esta revolución comercial procedió de la comunidad mercantil, que obvió cuando fue preciso las normas de ésta o aquella ciudad o estado, inventó e improvisó nuevas vías de encuentro e intercambio: en pocas palabras, creó un mundo diferente, que se superponía al mosaico abigarrado e inapropiado de las unidades políticas.

Obtuvieron así una seguridad sustancialmente mayor, una drástica redución de los costes comerciales (lo que un economista llamaría costes de transacción) y una ampliación del mercado, que fomentaban la especialización y la división del trabajo. Era el mundo de Adam Smith, que iba tomando forma quinientos años antes de su época.

Índice


Invención de la invención

Cuando Adam Smith abordó estos temas en el siglo XVIII, señaló que la división del trabajo y la ampliación del mercado fomentan la innovación tecnológica. De hecho, eso es exactamente lo que ocurrió en la Europa medieval, una de las sociedades más inventivas que ha conocido la historia. Para algunos resultará sorprendente: durante mucho tiempo, se ha visto en estas centurias un interludio sombrío entre la grandeza de Roma y el esplendor del Renacimiento. Este cliché ha quedado desfasado en lo que se refiere a la tecnología. Unos pocos ejemplos bastarán para ilustrar este extremo.

  1. La rueda hidráulica. En Europa imperaba una civilización basada en la energía, un hecho excepcional en aquella época.

  2. Las gafas. En la práctica, duplicaron la fuerza de trabajo de los artesanos cualificados, incluso más si se tiene en cuenta el valor de la experiencia.

  3. El reloj mecánico. Lewis Mumford le llamó certeramente la máquina clave.

  4. La imprenta. Fue inventada en China en el siglo IX, pero allí nunca conoció la importancia que alcanzó en Europa.

  5. La pólvora. En China ya se conocía en el siglo XI, pero Europa logró el mejor cañón del mundo y la supremacía militar.

Como revelan todos estos datos, las demás sociedades se estaban quedando rezagadas con respecto a Europa ya antes de la apertura del mundo (a partir del siglo XV) y la gran confrontación. El porqué de este fenómeno constituye una cuestión histórica de gran importancia: se aprende tanto del fracaso como del éxito. No podemos examinar aquí todas las sociedades o civilizaciones no europeas, pero dos merecen un estudio somero.

En primer lugar, el islam, que en un principio hizo suyos y desarrolló los conocimientos y las costumbres de los pueblos conquistados. En el periodo que estamos considerando (aproximadamente entre 1000 y 1500), el dominio musulmán se extendía desde el extremo occidental del Mediterráneo hasta las Indias. Anteriormente, entre 750 y 1100, a grandes rasgos, la ciencia y la tecnología islámicas superaban con mucho a las europeas, que tenían que recuperar su herencia y lo hicieron en cierta medida a través de los contactos con los musulmanes en áreas fronterizas como España. El islam fue el profesor de Europa.

Pero en ese momento algo falló. La ciencia islámica, denunciada como herética por los fanáticos religiosos, se plegó a las presiones teológicas que clamaban por la ortodoxia espiritual. Para el islam militante, la verdad ya había sido revelada. Todo cuanto remitiera a la verdad era útil y admisible; el resto, error y superchería. Recordemos que el islam, a diferencia del cristianismo, no separa lo religioso de lo secular: ambos constituyen un todo integrado. El estado ideal sería una teocracia y, a falta de dicha materialización, un buen gobernante deja los asuntos del espíritu y la conciencia (en el sentido más amplio de la palabra) a los doctores de la fe. Esto puede resultar muy duro para los científicos.

La única civilización que podía haber superado los logros europeos era China. Al menos, eso es lo que parecen indicar los datos. No obstante, en los asuntos científicos y tecnológicos, China sigue siendo un misterio… El misterio reside en la incapacidad de China para incrementar su potencial. Se tiene tendencia a creer que el conocimiento y la pericia son acumulativos; que una técnica superior, una vez conocida, sustituirá a los métodos antiguos. Pero la historia de la industria china ofrece ejemplos de olvido y regresión tecnológica. los sinólogos han propuesto varias explicaciones parciales. Las más convincentes son del mismo tipo:

  1. La inexistencia de un mercado libre y la no institucionalización de los derechos de propiedad. El estado chino se injería constantemente en la empresa privada: haciéndose cargo de las actividades lucrativas, prohibiendo otras, manipulando los precios, percibiendo sobornos, entorpeciendo el enriquecimiento privado. Los problemas se exacerbaron bajo la dinastía Ming (1368-1644), cuando el estado trató de prohibir cualquier tipo de comercio marítimo. El mal gobierno ahogaba la iniciativa, incrementaba el coste de ls transacciones y alejaba a los hombres cualificados del comercio y la industria.

  2. Los valores generales de la sociedad. En este sentido, China difería drásticamente de Europa o Japón, donde las mujeres tenían libre acceso al espacio público, y para las que resultaba socialmente aceptable trabajar fuera de casa para constituirse una dote o contribuir a los recursos familiares.

  3. El gran sinólogo franco-germano-húngaro Étienne Balazs da mucha importancia al contexto general. Merece la pena reproducir su análisis:

      "… si por totalitarismo se entiende el control total del estado y sus funcionarios y órganos ejecutivos sobre todas las actividades de la vida social sin excepción, la sociedad china era marcadamente totalitaria… Hay reglas para nacer y reglas para morir; el estado providencial vigila de cerca cada uno de los pasos de sus súbditos, desde la cuna hasta la tumba. El genio y la inventiva de los chinos, que han aportado tanto a la humanidad —seda, té, porcelana, papel, imprenta y mucho más— habrían enriquecido sin duda mucho más a China y probablemente la hubieran llevado al umbral de la tecnología moderna de no haber sido por este control estatal asfixiante. Es el estado el que mata el progreso tecnológico en China."

Sea cual fuere la combinación de factores, el resultado era una extraña mezcla de iniciativas aisladas e interrupciones que recuerdan el mito de Sísifo —subir, subir, subir y, finalmente, vuelta a caer hasta el punto de partida—, casi como si la sociedad estuviera constreñida por un techo de seda.

Los europeos padecieron muchas menos injerencias de este tipo. En lugar de ello, entraron durante estos siglos en un mundo apasionante de innovación y emulación que puso en tela de juicio los intereses creados y sacudió los cimientos de los poderes fácticos conservadores. Los cambios eran acumulativos; las novedades se difundían rápidamente. Un concepto nuevo de progreso sustituyó a la vieja y obsoleta veneración por la autoridad. Este sentido contagioso de la libertad afectó (infestó) a todos los ámbitos. Fueron años de herejías en la iglesia que anticiparon la ruptura que constituyó la Reforma; de nuevas formas de expresión que desafiaron a las viejas maneras artísticas; de nuevos modos de hacer las cosas que convirtieron a la novedad en virtud y en fuente de goce; de utopías que fantasearon sobre futuros mejores, más que retrotraerse a los paraísos perdidos.

¿A qué se debe esta joie de trouver específicamente europea? ¿Este placer por lo nuevo y lo mejor? ¿Este cultivo de la invención o lo que algunos han llamado "invención de la invención"? Varios estudiosos han aducido diferentes razones, generalmente relacionadas con los valores religiosos:

  1. El respeto judeocristiano por el trabajo manual, reflejado en varios preceptos bíblicos. Un ejemplo: cuando Dios advierte a Noé que se avecina el diluvio y le indica que se salvará, no es Dios quien le protege. "Hazte un arca de maderas resinosas", le dice.

  2. El concepto judeocristiano de la subordinación de la naturaleza al hombre. Se trata de un alejamiento radical de los postulados y prácticas animistas tan difundidas por aquel entonces, que ven la impronta divina en cada árbol y corriente de agua (lo que explica la figura de las náyades y las dríades). Los ecologistas pueden considerar hoy estas creencias preferibles a las que las sustituyeron, pero nadie prestaba atención a los adoradores paganos de la naturaleza en la Europa cristiana.

  3. El sentido judeocristiano del tiempo lineal. Otras sociedades creían que el tiempo es cíclico, que periódicamente se vuelve a las fases primitivas para comenzar de nuevo. El tiempo lineal es progresivo o regresivo, progresa en dirección a cosas mejores o regresa desde un estadio anterior, más feliz. En la Europa de este periodo prevaleció el punto de vista progresivo.

  4. Sin embargo, tras una nueva reflexión, yo pondría de relieve la importancia del mercado. El espíritu de empresa no conocía trabas en Europa. La innovación tenía éxito y resultaba rentable, y los soberanos y los poderes fácticos tenían una capacidad limitada de frenarla o desalentarla. El éxito alimentó la imitación y la emulación, así como una sensación de poderío que, a largo plazo, elevaría a los hombres casi al nivel de dioses. Seguían vivas las antiguas leyendas que advertían de los peligros de la arrogancia, como la expulsión del paraíso, el vuelo demasiado elevado de Ícaro y Prometeo encadenado. Pero los hombres de acción no prestaban atención a estas admoniciones.

Índice


Vencedores y perdedores: balance del imperio

La nueva era vería a Europa perder el control formal de los territorios ultramarinos (España sería la gran perdedora), pero ganar una mayor preponderancia económica. Europa lograría asimismo penetrar en territorios antes considerados inaccesibles e intocables (China, Japón), creando al mismo tiempo en otros (India, Indonesia) un nuevo tipo de imperio a su imagen y semejanza.

El factor determinante de esta metamorfosis fue la Revolución industrial, iniciada en Inglaterra en el siglo XVIII y emulada en todo el mundo. La Revolución industrial hizo más ricos a algunos países y empobreció (comparativamente) a otros; o, más exactamente, algunos países llevaron a cabo una revolución industrial y se enriquecieron y otros no, permaneciendo pobres. Este proceso de selección empezó en realidad mucho antes, durante la era de los descubrimientos.

Para algunas naciones, España por ejemplo, la apertura del mundo fue una invitación a la prosperidad, el boato y la ambición, un antiguo modo de proceder, pero a una escala mucho mayor. Para otras, como Holanda e Inglaterra, fue la ocasión de hacer cosas nuevas de modos nuevos, de subirse a la ola del progreso tecnológico. Y , para otros, como los amerindios o los tasmanios, fue el apocalipsis, un destino cruel impuesto desde el exterior. La apertura propició en un primer momento un intercambio —el llamado intercambio colombino— entre las formas de vida de dos biosferas. Los europeos descubrieron en el Nuevo Mundo nuevas gentes y animales pero, sobre todo, nuevas plantas: algunas nutritivas (maíz, cacao, patata, boniato), otras adictivas y peligrosas (tabaco, coca), algunas útiles para la industria (nuevas maderas duras, caucho).

Los nuevos alimentos modificaron las dietas de todo el mundo. El maíz, por ejemplo, se convirtió en producto básico de las cocinas italianas (polenta) y balcánica (mamaliga), mientras que las patatas se convirtieron en la fécula principal de la Europa situada al norte de los Alpes y los Pirineos, llegando a sustituir el algunos lugares al pan (Irlanda, Flandes). Tuvo tanta importancia que algunos historiadores han visto en la patata el origen secreto de la "explosión" demográfica europea en el siglo XIX.

Irónicamente, las naciones que habían iniciado el proceso, España y Portugal, fueron al final las perdedoras. Se trata de uno de los grandes temas de la historia y la teoría económica. A fin de cuentas, todos los modelos de crecimiento ponen de relieve la necesidad del capital y su poder, del capital en tanto que sustituto de la mano de obra, agilizador del crédito, bálsamo de proyectos conflictivos, deshacedor de entuertos, segunda ocasión para las grandes empresas, principal acicate del desarrollo económico. Una vez amasado el capital, el resto debería venir por añadidura. Y, gracias al imperio, España y Portugal tenían capital.

En particular España. Su nueva riqueza le llegaba en bruto, en forma de dinero que gastar o invertir. España optó por gastar, en el lujo y en la guerra. La guerra es el más perjudicial de los gastos posibles: en lugar de crear, destruye, no atiende a razones ni conoce límites, y los desequilibrios y escaseces de recursos inevitables propician una irracionalidad despiadada, que a su vez encarece los costes. España gastó tanto más libremente cuanto que su riqueza fue inesperada e inmerecida, no ganada a pulso. Siempre es más fácil desperdiciar el dinero llovido del cielo. ¿Quién se hizo con aquel dinero? Si no se atesora, el dinero acaba usándose de una forma u otra, va y viene, por suerte o por desgracia. España gastó gran parte de su riqueza en los campos de batalla de Italia y Flandes.

Mientras tanto, la riqueza de las Indias afluía cada vez menos a la industria española, porque los españoles ya no tenían por qué seguir fabricando cosas, pues podían comprarlas… Como un feliz súbdito de la corona lo expresó en 1675, el mundo entero trabaja para nosotros:

    "Que Londres produzca tantos de esos paños suyos como le plazca; Holanda, sus cambrayes; Florencia, sus telas; las Indias, sus armiños y vicuñas; Milán, sus bordados; Italia y Flandes, sus linos, mientras nuestra capital pueda gozar de ellos. Lo único que ello demuestra es que todas las naciones envían jornaleros a Madrid, y que Madrid es la reina de los parlamentos, pues todo el mundo la sirve y ella no sirve a nadie."

Suena bien, pero no es bueno. La riqueza nunca reemplazará al trabajo, ni las riquezas a los ingresos. Un embajador marroquí en Madrid comprendió en 1690-1691 la naturaleza del problema:

    "… la nación española posee hoy la mayor riqueza y las mayores rentas de todos los cristianos. Pero el amor al lujo y las comodidades de la civilización les han superado, y raramente se encontrará a alguien de esta nación que se dedique al comercio o viaje al extranjero por motivos comerciales,como hacen otras naciones cristianas como los holandeses, los ingleses, los franceses, los genoveses y otros. De igual modo, la artesanía a que se dedican las clases más bajas y la gente del común son objeto del desprecio de esta nación, que se considera superior con respecto a las demás naciones cristianas. La mayoría de estos artesanos son en España franceses, [que] acuden en tropel a España en busca de trabajo… [y] en poco tiempo amasan grandes fortunas."

El recurso a los metecos (forasteros) prueba la incapacidad de fomentar los conocimientos técnicos o el espíritu de empresa. Dicho de otro modo, España se hizo (o siguió) pobre porque tenía demasiado dinero. Las naciones que trabajaron aprendieron buenas costumbres y las conservaron, tratando de encontrar nuevos medios para perfeccionar y agilizar el trabajo. Los españoles, por su parte, se dejaron arrastrar por su inclinación a las apariencias sociales, el ocio y los entretenimientos, lo que Carlo Cipolla llama "la mentalidad de hidalgo imperante". No eran los únicos. En todos los países europeos se tenía por honrada la vida ociosa y se despreciaba el trabajo manual; en España, sin embargo, esta actitud era más radical, en parte porque una sociedad fronteriza y belicosa no es buena maestra de la paciencia y el trabajo duro, en parte porque la artesanía y los trabajos industriales y agrícolas estuvieron mucho tiempo en manos de minorías expulsadas, como los judíos y los musulmanes. Los trabajos estigmatizados se dejan a los parias, y lo que hacen los parias está maldito. Mejor ser pobre y sin empleo. Los pobres desempeñaban en España un papel de primer orden: ayudar a los ricos a comprar su salvación.

Cuando la gran afluencia de metales preciosos se detuvo a mediados del siglo XVI, la corona española estaba seriamente endeudada, declarándose en bancarrota en 1557, 1575 y 1597. El país entró en un largo periodo de declive. De este episodio puede extraerse la siguiente moraleja: el dinero fácil es malo para la salud. Supone una ganancia a corto plazo que provoca falseamientos inmediatos de la situación y, después, lágrimas.

Las naciones de Europa del norte estarían de acuerdo. Prosperaron merced a la apertura del mundo. Capturaron peces, extrajeron y refinaron aceite de ballena, cultivaron, vendieron y revendieron cereales, tejieron paños, fundieron y forjaron hierro, cortaron madera y explotaron minas de carbón. Se ganaron sus propios imperios, afortunadamente no agraciados con oro ni plata. Sin renunciar a pillar y saquear cuando se presentaba la ocasión, construyeron su prosperidad fomentando las cosechas renovables y la continuidad en las actividades industriales, y no la extracción de minerales que acaba por agotarse. Optaron por trabajar.

El adelanto del norte con respecto al sur llamó la atención ya en aquella época. A partir del siglo XVIII, los observadores explicaron esta diferencia en términos psicológicos. Se decía que los nórdicos eran tercos, torpes y diligentes. Trabajaban dura y eficientemente, pero no tenían tiempo para disfrutar de la vida. En cambio, los del sur se veían despreocupados y felices… y más dados al ocio que al trabajo. Este contraste se vinculaba a la geografía y al clima: cielos nublados o despejados, frío frente a calor. Estos estereotipos contienen una onza de verdad y una libra de pereza mental. No cuesta nada refutarlos. Pero no por ello se responde a la pregunta de por qué unos dilapidaban fortunas fabulosas y otros se hacían con ellas. El "declive y ocaso" de España recuerda al de Roma: plantea la cuestión fascinante del éxito frente al fracaso, un tema que nunca cansará a los estudiosos.

Probablemente la explicación más polémica sea la que formula el sociólogo alemán Max Weber. Weber, primero especialista en historia del mundo antiguo y luego dedicado a multitud de temas de sociología, publicó en 1904-1905 uno de los ensayos más influyentes y provocativos jamás escritos: La ética protestante y el espíritu del capitalismo. En él sostiene la tesis de que el protestantismo —o, más concretamente, sus ramas calvinistas— fomentó la eclosión del capitalismo moderno, esto es, del capitalismo industrial que él conoció en su Alemania natal. No lo hizo, dice, atenuando ni abrogando los aspectos de la fe romana que habían impedido o entorpecido la actividad económica libre (la prohibición de la usura, por ejemplo), ni con miras a alentar, y aún menos a inventar, la búsqueda de la riqueza, sino creando y sancionando una ética de la conducta cotidiana que propició su éxito en los negocios. El postulado de Weber es que el protestantismo forjó un hombre de negocios de nuevo cuño, un tipo de persona diferente, que se propuso vivir y trabajar de determinada manera. Lo que cuenta es la manera: las riquezas son, en el mejor de los casos, su producto derivado.

Un buen calvinista resumiría el problema de España con una fórmula: prosperidad fácil, riqueza inmerecida. Compárense las actitudes de protestantes y católicos ante el juego en la historia moderna. Ambos lo condenaron, pero los católicos lo hicieron porque se podía perder (de hecho, se perdía) y ninguna persona responsable debía poner en peligro su bienestar y el ajeno de aquel modo. Los protestantes, por su parte, lo condenaban porque se podía ganar, y eso era malo para el carácter.

La tesis de Weber provocó toda suerte de rechazos… Los historiadores materialistas rechazaron la idea de que abstracciones como valores y actitudes, y especialmente, las instigadas por la religión, pudieran predeterminar y configurar el modo de producción. Este rechazo fue tanto más virulento cuanto que Max Weber se había propuesto explícita y sacrílegamente refutar a Marx a este respecto. La tesis inspirada en Weber y formulada por el sociólogo Robert K. Merton, quien afirma que existe un vínculo directo entre el protestantismo y la aparición de la ciencia moderna, motivó una polémica similar.

Sin duda, hay que reconocer que la mayoría de los historiadores consideran hoy la tesis de Weber implausible e inaceptable: tuvo su momento y ha quedado postergada… Yo discrepo. No estoy de acuerdo desde el punto de vista empírico, pues los documentos demuestran que los comerciantes y fabricantes protestantes tuvieron un papel de primer orden en el comercio, la banca y la industria. Tampoco lo estoy a nivel teórico. La raíz del problema estriba indudablemente en la forja de un nuevo tipo de hombre, racional, ordenado, diligente, productivo. Estas virtudes, que nada tenían de nuevas, distaban de estar generalizadas. El protestantismo las imbuyó a todos sus fieles, que se juzgaban unos a otros en función de su respeto a las normas. Se trata de un tema apasionante, que Weber desarrolló sorprendentemente poco: el papel de la presión del grupo y de la vigilancia mutua para garantizar la eficacia; todo el mundo podía examinar a todo el mundo y meterse en los asuntos ajenos.

Dos rasgos distintivos de los protestantes atestiguan y corroboran la presencia de este vínculo. El primero es la importancia que conceden a la enseñanza y a leer y escribir, así para niñas como para niños. Se trata de un producto derivado de la lectura de la Biblia. Un buen protestante debe leer las Sagradas Escrituras por y para sí. (A diferencia de los católicos, que eran catequizados pero no tenían por qué leer, y a quienes se disuadía explícitamente de leer la Biblia). Esta máxima propició un mayor grado de alfabetización y mayor número de candidatos a los estudios superiores, así como una mayor continuidad de la alfabetización de una generación a otra. Es importante tener una madre que sepa leer y escribir. La segunda es la importancia concedida al tiempo… Hasta en áreas católicas como Francia y Baviera, el grueso de los relojeros era protestante, y el uso de los instrumentos de medición del tiempo y su difusión a áreas agrícolas estaba mucho más generalizado en Gran Bretaña y en Holanda que en los países católicos.

Lo que no equivale a afirmar que el "prototipo" de capitalista de Weber sólo se diera entre los calvinistas y sus reencarnaciones posteriores en diversas sectas. Los creyentes de cualquier confesión y los que no tienen credo alguno pueden ser racionales, diligentes, ordenados, productivos, aseados y sin sentido del humor. O, a la inversa, no tienen por qué ser hombres de negocios. Estas virtudes pueden aflorar en cualquiera y resultarle útiles en todas las encrucijadas de la vida. La tesis de Weber, en mi opinión, es que en aquel momento y en aquel lugar (norte de Europa, siglos XVI a XVIII), la religión fomentó el florecimiento de un tipo de hombre que hasta ese momento había sido excepcional y fortuito, y que ese hombre creó una economía nueva (un nuevo modo de producción) que conocemos como capitalismo (industrial).

Por importante que fuera la germinación de esta nueva simiente comercial, no dejó de ser un aspecto entre otros del desplazamiento del poder económico y la riqueza del sur hacia el norte. No sólo se desplazó el dinero; también lo hicieron los conocimientos. Y fueron ellos, particularmente en el terreno científico, los que dictaron las posibilidades económicas. En los siglos que precedieron a la Reforma, el sur de Europa era un importante centro educativo, lleno de efervescencia intelectual: España y Portugal, por su condición de frontera entre la civilización cristiana y musulmana y por contar con la intermediación de los judíos, e Italia, que tenía sus contactos particulares. España y Portugal declinaron pronto, debido a que la pasión religiosa y la cruzada militar provocaron la expulsión de las minorías (judíos y, luego, conversos) y cerraron las puertas a todo lo extraño y potencialmente herético, pero Italia siguió aportando algunos de los matemáticos y científicos punteros de Europa.

La Reforma protestante, sin embargo, modificó el panorama. Dió un impulso muy vivo a la lectura y escritura, espoleó disidencias y herejías, y fomentó el escepticismo y el rechazo de la autoridad consustanciales a las actividades científicas. Los países católicos, en lugar de recoger el guante, respondieron al desafío cerrándose en sí mismos e imponiendo la censura. Las autoridades españolas, laicas y eclesiásticas, veían a los luteranos (todos los protestantes se consideraban luteranos) no como disidentes, sino como no cristianos, enemigos de la fe a igual título que judíos y musulmanes. Cualquier sugerencia de acabar con la Inquisición era rápidamente acallada, y la iglesia y las autoridades civiles colaboraron en el control del pensamiento, el conocimiento y las creencias. Las universidades quedaron reducidasa centros de adoctrinamiento; los libros heterodoxos y peligrosos se incluyeron en un Index Librorum Prohibitorum (1557 en Roma, 1559 en España)… Entre los libros que figuraban en el índice español cabe destacar las obras científicas prohibidas por ser sus autores protestantes.

Los regímenes que practican el control del pensamiento e imponen la ortodoxia nunca quedan saciados con las prohibiciones y los castigos. Los culpables deben confesar y arrepentirse, en aras de su propia salvación y de la ajena. La persecución condujo a una interminable "caza de brujas", con el complemento de soplones a sueldo, vecinos delatores y una manía racista por los orígenes sanguíneos (limpieza de sangre). Los conversos judaizantes se delataban por indicios inequívocos de prácticas diversas: rechazo de la carne de cerdo, vestir ropa de lino limpia los viernes, una oración oída casualmente, asistencia irregular a misa, una palabra desplazada. La limpieza personal en particular alentaba las sospechas, hasta el punto de que tomar un baño podía ser señal de apostasía, tanto para marranos como para moriscos. La frase "se sabe del acusado que tomaba baños…" es muy común en los registros de la Inquisición. Suciedad heredada: las personas limpias no tienen por qué lavarse. En todo este proceso, los españoles y portugueses se rebajaron y degradaron. La intolerancia puede perjudicar al perseguidor más que a la víctima… De modo que la Península Ibérica y la Europa Mediterránea en su conjunto perdieron el tren de la llamada revolución científica.

El historiador británico Hugh Trevor-Roper ha afirmado que fue esta involución reaccionaria y antiprotestante, más que el propio protestantismo, lo que selló el destino del sur de Europa durante los tres siglos siguientes. Este ostracismo no estaba escrito ni exigido por la doctrina. Pero, una vez tomado este camino, a la iglesia, depositaria y custodia de la verdad, le costó admitir su error y cambiar de derrota.

Índice


El estilo sudamericano

Latinoamérica se ajustó a un patrón completamente distinto. En un principio, en el siglo XVII por ejemplo, no era más pobre; todo lo contrario. Los invasores españoles y portugueses pensaban en sus rivales ingleses como los desheredados del destino: ¿cómo podían compararse los bosques y campos de América del Norte, o las islas agotadas o inútiles de las Pequeñas Antillas con la plata y el oro de Nueva España y Perú, o las maderas de tinte y los diamantes y el oro de Brasil? Lo mejor que podían hacer los ingleses era acechar como chacales las flotas españolas, llenas a rebosar de lingotes de oro y plata, mientras sus colonos trataban de sobrevivir en un entorno hostil. Hasta desde el punto de vista del potencial agrícola, Latinoamérica salía ganando, especialmente en las regiones de clima templado.

Pero nada es definitivo, y las comparaciones de ayer hoy son historia. Las minas de oro y plata son activos que se agotan y, unos doscientos años después, cuando los colonos norteamericanos habían conquistado su libertad, América del Norte aventajaba en mucho a las tierras del sur: era más rica en renta per cápita, más rica por la distribución más equitativa de su riqueza. Las únicas excepciones eran pequeñas zonas de cultivos especializados y lucrativos, en particular las islas azucareras del Caribe, y sólo si se excluye a la población esclava de los datos. Los colonos británicos llevaron a cabo su propia revolución. Decidieron y determinaron qué estaba en juego, pusieron a sus gobernantes contra las cuerdas, atizaron el conflicto y, cuando ganaron la contienda, gracias en parte a la ayuda de algunos de los rivales europeos de Inglaterra, ya poseían un sentido de identidad, unas aspiraciones económicas y una conciencia nacional.

En Latinoamérica, la independencia no procedió de la ideología colonial ni de la iniciativa política, sino de las carencias y los reveses de España (y Portugal) en casa y en las rivalidades y las guerras europeas. Cuando España se reveló incapaz de gobernar allende el mar, los hombres fuertes del Nuevo Mundo se aprovecharon de ese vacío y se apoderaron del poder, encontrando sólo esporádicamente focos de resistencia. La independencia les cayó del cielo, sorprendió a las entidades informes, rudimentarias, que sólo pretendían cambiar de amos. Este tipo de negativismo anárquico propició la aparición de jefes militares muy "machos" (el caudillismo). No es de extrañar que la historia de Latinoamérica en el siglo XIX sea un folletín de conspiraciones, intrigas, golpes y contragolpes, con todo lo que ello conlleva en términos de inseguridad, mal gobierno, corrupción y atraso económico… En la cima, un reducido grupo de tunantes, bien instruidos por sus maestros coloniales, se dedicaban al pillaje a placer. Por debajo, las masas se acurrucaban y recogían las migajas del festín. Los nuevos "estados" de Latinoamérica diferían poco, por consiguiente, de los despotismos autocráticos de Asia, aunque en ocasiones tuvieran un barniz republicano superficial.

Eso hizo que la recientemente independiente Latinoamérica conociera pocos cambios económicos. Como anteriormente, los sectores clave eran la minería (oro, plata, bronce), la agricultura, el ganado y la silvicultura. El objetivo era producir un superávit que pudiera intercambiarse por productos manufacturados extranjeros. Poco se hizo en pro de la industria, de modo que hubo poco desarrollo industrial.

Índice


Japón: los últimos serán los primeros

A la larga, pese a las coacciones y extorsiones de todo tipo a que fue sometida, la clase mercantil de Japón prosperó, fue adulada por los poderosos y exenta paulatinamente de restricciones a sus actividades. Estos hombres de negocios crearon una ideología y un concepto del trabajo y del rango social propios, así como normas de prudencia y estrategia encaminadas a protegerlas de los hombres de las dos espadas (samurais). Sus principios básicos eran la obstinación, una desconfianza innata ante los extranjeros, una frugalidad que rayaba en el fanatismo y mucho carácter. Ante todo, la austeridad y su recompensa, la acumulación. "El samurai busca la celebridad y sacrifica a ella las ganancias, pero el hombre de la ciudad rechaza la fama y se lucra. Amasa oro y plata".

Una vez más, el paralelismo con Europa es sorprendente. Japón no era calvinista, pero sus hombres de negocios adoptaron una ética del trabajo muy similar. La clave radica en el compromiso con respecto al trabajo, más que la prosperidad. El monje zen Suzuki Shosan (1579-1655) veía la codicia como un veneno del espíritu, pero el trabajo era distinto: "Todos los oficios constituyen una aplicación de los principios budistas; a través del trabajo somos capaces de alcanzar la budeidad [salvación]". No es necesario ser un protestante weberiano para comportarse como tal.

(Los estudiosos japoneses han señalado que esta ética del trabajo no fue universal en el tiempo ni en el espacio, precisando que la segunda mitad del periodo Edo estuvo marcada por una intensificación del trabajo… Dicho en sus propios términos, una "revolución industriosa" prepará el camino a la Revolución industrial.)

Índice


¿Comete la historia errores?

No puede entenderse la evolución económica de las naciones musulmanas sin tener en cuenta la vivencia del islam como fe y cultura. El islam, palabra que significa "sumisión" (a Dios), es una de las grandes religiones del mundo. Nacida en el desierto, como sus dos antecesoras monoteístas, infundió pronto un vigor sin parangón a sus adeptos, arrastrando consigo a un pequeño grupo de guerreros nómadas que habrían de instaurar rápidamente un vasto imperio. Sólo en España y Portugal se produjo una reconquista que permitió arrebatar tierras a los musulmanes y cambiar el signo de una conquista que parecía hija del destino.

Esta explosión de pasión y adhesión a una causa es el hecho más importante de la historia eurasiática en lo que podemos llamar los siglos medios, es decir, los mil años que separan la caída del imperio romano de Occidente (año 476) de la expansión ultramarina de la Europa cristiana… El guerrero musulmán estaba contribuyendo a la obra de Dios y su derrota constituía un revés para la humanidad. Así, cuando, a partir del siglo XI en España y en el Mediterráneo oriental, los caballeros cristianos lograron expulsar a los creyentes de tierras que habían pertenecido a la casa del islam (dar al-islam), los musulmanes lo consideraron un triunfo del mal.

De una manera general, la mejor solución para potenciar el crecimiento y desarrollo de una nación reside en mejorar la situación social y la función de la mujer. Es el gran lastre de las sociedades musulmanas de Oriente medio en la actualidad, la deficiencia que más les impide acceder a la modernidad.

Índice


El imperio y lo que vino después

Decir que el imperio se remonta a los orígenes de la historia puede parecer una perogrullada, pero de hecho no es una afirmación trivial. Por ejemplo, algunos insisten en que el imperialismo, que tuvo su auge en torno a finales del siglo XIX, es en cierto sentido una invención o un producto derivado del capitalismo moderno o, por citar a Lenin, "la fase suprema del capitalismo". Partiendo de esta premisa, alegan que el imperio era necesario (indispensable) para la prosperidad y la supervivencia del capitalismo moderno. La historia desmiente que esta relación sea intrínseca al capitalismo. Pensemos en los antiguos imperios de Egipto, China, Asiria, Persia, Roma, etc. o, en la era moderna, en el finado y poco llorado imperio comunista-socialista de la Unión Soviética.

Índice


¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿A dónde vamos?

El balance de nuestro milenio parece bastante claro. De un mundo de imperios y reinos grandes y pequeños, con un cierto equilibrio en el reparto de la riqueza y el poder, hemos pasado a un mundo de naciones-estado, algunas mucho más ricas y poderosas que otras. De centenares de millones de habitantes, hemos pasado a 6.000 millones, y suma y sigue. Empezamos trabajando con herramientas modestas aunque ingeniosas: hoy dominamos máquinas enormes y fuerzas invisibles. Nos hemos desembarazado de la magia y la superstición, hemos pasado de los experimentos torpes y la observación inteligente a un acervo inmenso y en continuo crecimiento de conocimientos científicos, que generan una corriente continua de aplicaciones útiles.

La mayor parte de estos adelantos han sido para bien, aunque el progreso intelectual y material ha sido desvirtuado a menudo, utilizándolo para fines malévolos y destructivos. Lo que sabemos de la naturaleza no tiene nada que ver con lo que sabemos del hombre, hay un desfase entre nuestra aprehensión del mundo exterior y la ignorancia del hombre. Sin embargo, pocas personas estarían dispuestas a volver a épocas anteriores. Adviértase que mi premisa sobre las ventajas y los beneficios que en último término nos han deparado los conocimientos científicos y las capacidades tecnológicas están hoy siendo objeto de duros ataques, incluso entre los popes de la disciplina.

Hasta hace muy poco, a lo largo de este proceso de mil y más años que la mayor parte de la gente considera progreso, el factor clave —la fuerza motriz— ha sido la civilización occidental y su propagación: el saber, las técnicas, las ideologías políticas y sociales, para bien o para mal… Hoy en día, la mera exposición de estos hechos puede llegar a constituir una agresión. En un mundo caracterizado por unos valores relativistas y la igualdad desde el punto de vista ético, la simple mención de una historia universal que tenga su eje en Occidente (o eurocéntrica) se tilda de arrogante y uno es acusado de seguirle el juego a la opresión…

En lugar de ello, deberíamos acercarnos a una historia multicultural, globalista e igualitaria, que diga algo (preferiblemente algo bueno) acerca de todo el mundo… Esta línea de pensamiento antieurocéntrico es lisa y llanamente antiintelectual, además de que la contradicen los hechos… La hegemonía europea es un hecho histórico. Lo que deberíamos hacer es preguntarnos el porqué, ya que las respuestas nos ayudarán a comprender el hoy y anticipar el mañana.

Si alguna lección puede sacarse de la historia del desarrollo económico, es que la cultura es el factor determinante por excelencia. (En este sentido, Max Weber tenía razón.) Pensemos en el espíritu de empresa de las minorías expatriadas: los chinos en el este y sureste asiáticos, los indios en África oriental, los libaneses en África occidental, los judíos y los calvinistas a lo largo y ancho de casi toda Europa, y así sucesivamente.

¿Son la globalización y la convergencia preludio del fin de la era de las políticas nacionales? ¿Ha dejado de tener sentido la propia idea de competitividad económica internacional? El economista Paul Krugman lo cree así: "los argumentos [de quienes abogan por una economía nacional] se deben más a su incapacidad de comprender los hechos y conceptos económicos más elementales". Una opinión perentoria y tajante, pero ante la que no han dado su brazo a torcer los partidarios de la intervención estatal. Estamos ante dos objetivos, como son el poder y la prosperidad, y ante dos ideales, cuales son la justicia distributiva y la eficacia impersonal. Son interdependientes, aunque cada uno tiene su propio atractivo, electorado y justificación.

Somos demasiados quienes trabajamos para vivir y para vivir felices… ¿Queremos más productividad? Entonces tendríamos que vivir para trabajar y ver la felicidad como un producto derivado. No es fácil. Las personas que viven para trabajar son un elite pequeña y afortunada. Pero es una elite abierta a todo el mundo, que surge espontáneamente, está compuesta por gentes que tienden a ver el lado positivo de las cosas… El optimismo educado y despierto recompensa; el pesimismo sólo puede ofrecer el triste consuelo de tener razón.

Índice


Mario Bilbao Labs
Visita Mario Bilbao Labs