Realismo ante la guerra

Miguel Herrero de Miñon

Real Academia de Ciencias Morales y Políticas




El realismo es un principio de análisis de las relaciones internacionales que se basa en dos axiomas: primero, el criterio rector de las relaciones exteriores de un Estado son sus propios intereses, debidamente jerarquizados a partir de su interés vital. Segundo, el mejor servicio de dicho interés sólo es posible acomodándose a las concretas estructuras de poder que rigen entre los Estados.

Es claro que hoy día, cancelada la guerra fría, la estructura de poder está dominada por la hegemonía de todo tipo, pero especialmente militar, de los Estados Unidos de Ámerica. Una hegemonía que, mediante la universalización de su "destino manifiesto", ha dado al traste con el orden internacional hasta ahora vigente. Dicha doctrina, formulada en 1911 por Root, y a la que la Administración de Bush ha dado alcance planetario siguiendo una coherente línea expansiva (la extensión de la doctrina Monroe en 1914, 1940, 1954 [Dulles], la doctrina Truman en 1947, la doctrina Eisenhower en 1957, la doctrina Kennedy en 1960 y el Nuevo Concepto Estratégico en 1991), se basa en un derecho al liderazgo, apoyado en la fuerza y legitimado por la propia superioridad moral. Primero sirvió para impugnar el principio de equilibrio en pro de la ética; después, para impugnar las normas universales, hasta establecer lo que el denostado Schmitt denominaría un nuevo Nomos (entiéndase distribución) de la tierra. El moralismo que va de Jefferson a Wilson sirve así de motor al realismo personificado por Jackson, Th. Roosevelt y, ahora, Bush.

No trato de analizar los pros y los contras de esta nueva realidad ni de saber, como decía hace días un ministro de Qatar, quién será el que vaya después de Irak. En palabras de alguien tan poco sospechoso de antiamericanismo como el analista George Friedman, la hipotética amenaza iraquí es una razón para la guerra, pero no la razón de la guerra. Su motivación es, a todas luces, afirmar la hegemonía norteamericana en Oriente Medio. Y, se trate o no de una "política de poder disfrazada", ésa es la realidad con la que hay que contar. En su reciente visita a Madrid, el profesor Vergontini lo ha dejado claro. A su juicio, la hegemonía de los Estados Unidos ha generado un nuevo derecho internacional. Platón lo expresó de modo insuperable: "Hércules… estimó que, de acuerdo con el derecho natural…, los bienes del más débil y menos vigilante eran propiedad del mejor y del más fuerte" (Georgias, 484, b y c).

Es, a la luz de tal circunstancia, como cada Estado ha de procurar su interés nacional. Los primeros, sin duda, los propios Estados Unidos, donde no faltan voces tan autorizadas como, entre otras, las de dos ex-presidentes (Carter y Clinton), los generales con directa experiencia bélica y varias decenas de premios Nobel de toda lección y orientación política, que se oponen al ataque unilateral contra Irak, no por considerarlo inmoral, sino porque estiman que pone en riesgo a su país y erosiona su prestigio en el mundo que pretende y debe liderar.

La desmesura cualitativa de la omnipotencia es tan peligrosa como la hiperextensión cuantitativa de las responsabilidades. En efecto, cuando se exageran los rasgos unilaterales de la hegemonía, el hegemón se acerca a un peligroso abismo nihilista, para salvarse del cual no basta la autocontención. Al faltar el equilibrio de otros poderes, las instituciones internacionales son indispensables; pero las instituciones se agostan si se las reduce a la inoperancia, porque se prescinde de ellas, o a la irrelevancia, cuando simplemente se las manipula.

De entre los aliados, Gran Bretaña no puede desperdiciar la ocasión de reavivar una relación especial con los Estado Unidos, de la que sale muy beneficiada y el la cual la camaradería de las armas —posible sólo cuando se tiene un ejército poderoso como el británico es— resulta tan importante como la comunidad lingüística. La "excepción francesa" y la "vía alemana" encuentran en sus reticencias ocasión para afirmarse. Rusia no puede ver con malos ojos un conflicto que, si se prolonga, revalorizará extraordinariamente sus recursos energéticos y, en todo caso, erosiona la autoridad moral de quien, como señalara Tocqueville, está llamado a ser su adversario cualesquiera que sean las formas políticas de uno y otro país.

La Unión Europea muestra, una vez más, no tener intereses propios, lo cual es lógico porque carece de un verdadero cuerpo político. Pero si lo más probable es que la discrepancia entre sus miembros ante el conflicto y el subsiguiente encarecimiento del petróleo dañen su frágil estructura, también hay quien piensa que un fracaso angloamericano —nadie es por definición invencible, y asumirlo es muestra de verdadero realismo— podría empañar la ya muy dividida opinión británica, de allende hacia este lado del Atlántico, es decir, a una mayor integración europea. El interés nacional iraquí, si existiese, y el patriotismo de sus dirigentes exigirían, probablemente, la dimisión de Sadam Husein. ¿Acaso no vale más que perezca un hombre por todo el pueblo?

¿Cuál es el interés español? Irak no afecta a nuestro interés vital, aunque la marea negra y la inmigración clandestina sí, pero puede afectar a lo que el Libro Blanco de Defensa denominaba "otros intereses". Sin duda, la alianza con los Estados Unidos, que política, económica y estratégicamente nos es fundamental. Esto es lo que el presidente del Gobierno debiera explicar de una vez en el Congreso de los Diputados, añadiendo todos los argumentos que a los profanos no nos es dado intuir. Y hacerlo en un tono tal que procure aunar criterios y no despreciar al resto de la oposición para anegarla después con los votos de una mayoría absoluta.

La decisión parlamentaria no debe arriesgarse a contradecir frontalmente la opinión pública ni a tajarla por medio. En respetar esa opinión y prestigiar las instituciones radica también el interés del Estado. Así lo han hecho reiteradamente el propio Bush y todos los jefes de Gobierno de países afectados. El ejemplo de Blair es elocuente. Cuanto más comprometido se decide estar en el conflicto, tanto más es necesario obtener y, en todo caso, intentar un consenso democrático, si no se puede en la opinión, al menos en la Cámara.

Porque dicho consenso depende del alcance del compromiso, y la leal alianza no exige la mimética y estéril clonación de las actitudes del aliado. Requerirá, sin duda, votar en el Consejo de Seguridad y abrir las bases —unas bases cuya utilidad nos conviene demostrar todos los días para equilibrar tentadoras alternativas—, a fin de dar todo el apoyo logístico necesario. Pero es innecesario hacer campaña pro Bush en plena marea de chapapote ni en la precampaña municipal. Lo que tal vez sea necesario en la América profunda no lo es en Toledo.

Y es de todo punto imprudente hablar de despliegues militares, superfluos en sí mismos y difícilmente explicables en el interior, sobre todo si el ataque se realiza, al revés de lo ocurrido en 1991, con ocasión de la guerra del Golfo, al margen de las Naciones Unidas. Porque en tal caso se trataría, técnicamente, de una guerra, y su declaración debería respetar las exigencias del artículo 63 de la Constitución. Lo otro es defraudar la Constitución. Y, desde luego, no es interés de España apostar por una cultura internacional de la "gran estaca", que puede tener, de puertas adentro, efectos catastróficos sobre nuestra convivencia democrática.

Morgenthau, el padre del neorrealismo americano, señalaba que una recta apreciación del interés nacional exige, entre otras cosas, no olvidar los valores —los éticos, los jurídicos, los políticos— y el respeto a la letra y el espíritu constitucional y las normas de corrección que ello supone, integran el verdadero interés estatal español. No sería realista por nuestra parte empeñarnos en introducir valores éticos en esta coyuntura de la política internacional; pero, en su propio interés, España debe conservar y fomentar valores democráticos en su escenario doméstico, informando y escuchando a la ciudadanía, poniendo en funcionamiento las instituciones representativas y cultivando el pacto y el consenso. Eso es realismo.

El País, 5 de Febrero de 2003

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