Homo videns.
La sociedad teledirigida

Taurus, 1998
El último aspecto de la vídeo-política que trataremos aquí es
que la televisión favorece —voluntaria o involuntariamente— la
emotivización de la política, es decir, una política dirigida
y reducida a episodios emocionales. He explicado ya que lo hace
contando una infinidad de historias lacrimógenas y sucesos
conmovedores
La cuestión es que, en general, la cultura de la imagen creada
por la primacía de lo visible es portadora de mensajes "candentes"
que agitan nuestras emociones, encienden nuestros sentimientos, excitan
nuestros sentidos y, en definitiva, nos apasionan.
El saber es logos, no es pathos, y para administrar la
ciudad política es necesario el logos. La cultura escrita no
alcanza este grado de "agitación". Y aun cuando la palabra también
puede inflamar los ánimos (en la radio, por ejemplo), la palabra
produce siempre menos conmoción que la imagen. Así pues, la cultura
de la imagen rompe el delicado equilibrio entre pasión y racionalidad.
La racionalidad del homo sapiens está retrocediendo, y la
política emotivizada, provocada por la imagen, solivianta y agrava
los problemas sin proporcionar absolutamente ninguna solución. Y así
los agrava.
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El núcleo en torno al cual todo se imbrica es el hombre como
animal racional. En este trabajo, he insistido en la noción de animal
simbólico porque no postulo que el hombre sea un animal racional.
Su racionalidad presupone un lenguaje lógico (no sólo un lenguaje
emotivo) y un pensamiento abstracto que se desarrolla deductivamente,
de premisa a consecuencia. Por consiguiente, nuestra racionalidad es
una potencialidad y, asimismo, un tener que ser, difícil de
lograr y fácil de perder; es sólo una parte de nuestro ser. Pero es la
condición sine qua non, la condición imprescindible, la condición
necesaria.
Y sin embargo, el animal racional está siendo atacado
profundamente, más de cuanto lo haya estado nunca
Y el clima
cultural más apoyado por los medios de comunicación consiste en atacar
al modelo elitista, abyecto y superado, del hombre racional occidental
El hombre del postpensamiento, incapaz de una reflexión abstracta
y analítica, que cada vez balbucea más ante la demostración lógica y la
deducción racional, pero a la vez fortalecido en el sentido del ver
(el hombre ocular) y en el fantasear (mundos virtuales), ¿no es
exactamente el hombre bestia que presenta Vico en su Ciencia Nueva?
Realmente se le parece.
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El contraste que estoy perfilando entre homo sapiens y,
llamémoslo así, homo insipiens no presupone idealización
alguna del pasado. El homo insipiens (necio y, simétricamente,
ignorante) siempre ha existido y siempre ha sido numeroso. Pero hasta
la llegada de los instrumentos de comunicación de masas los "grandes
números" estaban dispersos, y por ello mismo eran muy irrelevantes.
Por el contrario, las comunicaciones de masas crean un mundo movible
en el que los "dispersos" se encuentran y se pueden "reunir", y de
este modo hacer masa y adquirir fuerza.
Así pues, aunque los pobres de mente y de espíritu han existido siempre,
la diferencia es que en el pasado no contaban —estaban neutralizados por
su propia dispersión— mientras que hoy se encuentran, y reuniéndose, se
multiplican y se potencian.
Una vez dicho esto, la tesis de fondo del libro es que un hombre que
pierde la capacidad de abstracción es eo ipso incapaz de
racionalidad y es, por tanto, un animal simbólico que ya no tiene
capacidad para sostener y menos aún para alimentar el mundo construido
por el homo sapiens.
Hoy más que nunca, la gente tiene problemas, pero no posee la solución
a esos problemas. Hasta ahora se consideraba que en política la solución
de los problemas de la gente hay que reclamársela a los políticos
(al igual que en medicina hay que pedírsela a los médicos, y en derecho
a los abogados). No obstante, el gobierno de los sondeos, los referendos
y la demagogia del directismo atribuyen los problemas a los políticos y
la solución a la gente. Y en todo ello, la televisión "agranda" los
problemas (creando incluso problemas que en realidad no existen, problemas
superfluos) y prácticamente anula el pensamiento que los debería resolver.
El ataque a la racionalidad es tan antiguo como la racionalidad misma.
Pero siempre ha representado una contrarréplica —desde Aristóteles hasta
nosotros. La fórmula de Tertuliano era: credo quia absurdum. Y
le respondía y le superaba la Summa Theologica de Santo Tomás, que
destila lucidez lógica. A su modo y de forma diferente, Pascal con sus
raisons du coeur, Rousseau reivindicando un "hombre natural"
incorruptible y centrado en el sentimiento, y Nietzsche con una
extraordinaria y alucinada exaltación de los "valores vitales"
han rebatido el cogito cartesiano. Pero ellos eran grandes
literatos y en sus ataques al cogito, formidables pensadores.
En definitiva, no eran hombres bestia.
Sin embargo, sí lo son los exaltadores de la "comunicación perenne".
Lo que ellos proponen no es un verdadero antipensamiento, un ataque
demostrado o demostrable al pensamiento lógico-racional; sino,
simplemente, una pérdida de pensamiento, una caída banal en la
incapacidad de articular ideas claras y diferentes.
Entonces, el punto no es tanto que encontremos un nutrido número de
autores famosos que ataquen la racionalidad
Actualmente,
proliferan las mentes débiles, que proliferan justamente porque se
tropiezan con un público que nunca ha sido adiestrado para pensar.
Y la culpa de la televisión en este círculo vicioso es que favorece
—en el pensamiento confuso— a los estrambóticos, a los excitados,
a los exagerados y a los charlatanes. La televisión premia y promueve
la extravagancia, el absurdo y la insensatez. De este modo refuerza y
multiplica al homo insipiens.
La ignorancia casi se ha convertido en una virtud, como si se
restableciera a un ser primigenio incontaminado e incorrupto;
y con el mismo criterio, la incongruencia y el apocamiento mental
se interpretan como una "sensibilidad superior", como un
esprit de finesse, que nos libera de de la mezquindad del
esprit de géométrie, de la aridez de la racionalidad.
Y aunque numerosas civilizaciones han desaparecido sin dejar huella,
el hombre occidental ha superado la caída, verdaderamente "baja", de la
baja Edad Media. La superó y volvió a resurgir, en virtud de su
unicum que es su infraestructura o armadura lógico-racional.
Pero aunque no desespero, tampoco quiero ocultar que el regreso de la
incapacidad de pensar (el postpensamiento) al pensamiento es todo cuesta
arriba. Y este regreso no tendrá lugar si no sabemos defender a ultranza
la lectura, el libro y, en una palabra, la cultura escrita.
Decía que para encontrar soluciones hay que empezar siempre por la toma
de conciencia
Y debemos reaccionar con la escuela y en la escuela.
La costumbre consiste en llenar la aulas de televisores y ordenadores.
Y deberíamos, en cambio, vetarlos (usándolos sólo para el adiestramiento
técnico, como se haría con un curso de mecanografía). En la escuela
los pobres niños se tienen que "divertir". Pero de este modo no se
les enseña ni siquiera a escribir y la lectura se va quedando cada vez
más al margen. Y así, la escuela consolida al vídeo-niño en lugar de
darle una alternativa.
Y a quien me dice que estas acciones son
retrógradas, le respondo:
¿y si por el contrario fueran vanguardistas?
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4 de Septiembre de 2001
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